13 de Marzo

Dosier

El asalto al Palacio Presiden­cial y la toma de Radio Reloj (13 de marzo de 1957) se hallan entre los hechos más estremecedores de la lucha contra la tiranía batistiana. Su líder, José Antonio Echeve­rría, caído ese día en combate, es una de las figu­ras más queridas y recordadas de la Revolución.

13 de Marzo: Que nuestra sangre señale el camino de la libertad*

Por Juan Nuiry Sánchez

Al comenzar el año 1957, la dictadura de Batista pretendía aparentar tranquilidad; pero los he­chos ocurridos en la zona oriental, en los meses finales de 1956, sumieron el país en una guerra sin cuartel, pues el levantamiento del 30 de no­viembre en Santiago de Cuba y el desembarco del Granma en la costa sur de la provincia de Oriente, eran acontecimientos muy evidentes.

Al finalizar la censura de prensa impuesta por la dictadura a raíz del desembarco del Granma, el 2 de diciembre de 1956, luego de la publicación de un amplio reportaje del periodista Hebert Matthews, aparecido en el diario The New York Times, con fotos y detalles, se conoció, tanto en Cuba como en el exterior, que la insurrección era una realidad y su jefe, Fidel Castro, estaba vivo y continuaba en pie de lucha en la Sierra Maestra.

Luego del encuentro con el comandante Fidel Castro, el periodista norteamericano se reunió en La Habana con José Antonio Echeverría y le hizo una entrevista que se publicó el 10 de marzo de 1957 en la revista Bohemia, bajo el título: “Fac­ción estudiantil acusada”, en el que se plantea:

La dirigencia de la Federación Estudiantil Universitaria está huyendo con éxito de la vigilancia policiaca; las autoridades acusan a los muchachos de complicidad con Fidel Castro, con quien suscribieron un pacto en Ciudad México; la policía aspira a sacarlos de la circulación, pero los estudiantes están activos en la presente resistencia.

Terminaba el trabajo con una descripción del líder estudiantil, en la que expresaba: “[…] sus amigos le llaman el Gordo, pero en realidad se trata de un muchacho robusto con abundante cabellera, tiene 24 años y estudia Arquitectura”.

De este modo, llegamos al miércoles 13 de marzo de 1957. ¡Qué lejos estaban de conocer quienes transitaban por las calles habaneras, que un grupo de revolucionarios tendría un en­cuentro con la historia en uno de los lugares más céntricos de la capital! Ese día, de aparente tran­quilidad, comandos revolucionarios esperaban atentos la orden de combate, para llevar a cabo tres operaciones cuidadosamente estructuradas y cronometradas, que sacudirían a la nación: la toma de la emisora Radio Reloj; el asalto al Pala­cio Presidencial y el acudir a la Universidad de La Habana para instalar un centro de operacio­nes en aquel lugar histórico, para luego entre­garle las armas al pueblo con vistas a comenzar una insurrección armada en la capital. Como se conoce, la alocución de José Antonio preparada para ese fin, nunca salió al aire [completa] por haber sido interrumpida.

Para hablar de estas acciones es necesario re­cordar el pensamiento del esclarecido prócer En­rique José Varona, cuando señaló: “Que no po­día estudiarse el estallido sin conocer las causas progresivas que lo hicieron posible”. En una pa­labra, no se podría comprender el hecho, sin sus antecedentes. El primero, está sobrentendido en nuestra tradición de lucha, presente desde la guerra de independencia: Céspedes, Agramon­te, Martí, Gómez, Maceo. Observar como la in­transigencia patriótica de Baraguá, está presen­te en el ideario de Montecristi, y la vigencia del pensamiento de Martí es permanente. El desig­nio “del fatalismo geográfico” se quebró ante la posición ideológica de Mella, Rubén y Guiteras y llega hasta nuestros días.

El asalto al Moncada en 1953 es un punto de partida, como lo definió el líder de aquella ac­ción, Fidel Castro, en el noveno aniversario de esos hechos, cuando expresó: “[…] el 26 de julio comenzó la última y definitiva etapa de la con­tienda por la independencia nacional, que había venido librando nuestro pueblo desde 1868”.

Sin lugar a dudas, la “Carta de México”, fir­mada por Fidel Castro y José Antonio Echeverría el 29 de agosto de 1956 en la capital de ese país —acontecimiento que arriba este año a su 55 ani­versario—, además de constituir un documento raigal de nuestra historia, rompió las barreras del tiempo, con fuerza inusitada y llega hasta nues­tros días, como un legado permanente para la juventud y un compromiso eterno de esta con Fidel y la Revolución. Es oportuno que nos de­tengamos en algunas precisiones de este histórico documento dentro de sus 19 artículos:.

Fue firmado por los dos grupos que agrupan en sus filas la nueva generación; que han decidi­do unir sólidamente su esfuerzo con el propósito de derribar la tiranía y llevar a cabo la Revolu­ción Cubana; que los partidos políticos cesen de implorar soluciones. Y que, la Revolución llega­rá al poder libre de compromiso.

La “Carta de México” es un grito de guerra, un desafío, un documento unitario que agrupa una generación y la proyecta hacia el futuro.

Con estos antecedentes, llegamos al estallido bélico del miércoles 13 de marzo de 1957, cuando ocurrieron las acciones que sacudieron la capital, que vivió, por primera vez, desde el golpe de Es­tado de 1952, el impacto de una batalla campal, en que se sintió el tableteo de ametralladoras y rifles en pleno día, en el mismo centro de la mansión ejecutiva.

A partir de enero de 1957, se prepararon tres comandos, que se albergarían en tres puntos de la barriada del Vedado. Cincuenta combatientes que irían a Palacio estarían acuartelados en la calle 21, entre 22 y 24, y los que par­ticiparían en la toma de Radio Reloj, en el sótano de un edificio en la calle 19, entre B y C, y en la calle 6, entre 19 y 21.

El comando de la segunda operación de apoyo, que era un contingente necesario, tenía dos ob­jetivos fundamentales. Uno, garantizar el abas­tecimiento de parque a los asaltantes, producto del volumen de fuego necesario para penetrar en la guarida del tirano, y tomar los edificios más altos que rodeaban Palacio para neutralizar las ametralladoras situadas en la azotea de esa instalación. Lamentablemente este comando no fue posible acuartelarlo y ese numeroso grupo, ampliamente avituallado para estos importantes propósitos, inexplicablemente no acudió a aque­lla cita de honor, lo que motivó un desenlace fa­tal en el desarrollo de los acontecimientos.

Las acciones efectuadas en Palacio y Radio Re­loj cumplieron sus objetivos, se realizaron coor­dinadamente a plena luz del día, conmovieron a toda la nación y fueron calificadas por el Histo­riador de la Ciudad, doctor Emilio Roig: “La ha­zaña más fieramente audaz de nuestras luchas por la libertad”.

Una vez terminada la toma de Radio Reloj, tal como fue planificada, al partir hacia la Colina Uni­versitaria, el destino nos jugó un inesperado acon­tecimiento… caía en combate frontal con la policía José Antonio Echeverría, tal como había escrito en su testamento: “[…] no desconozco el peligro. No lo busco. Pero tampoco lo rehúyo. Trato sencilla­mente de cumplir con mi deber”. Con él, se perdía la cabeza más alta y más importante de la acción. Al enfrentarse contra los esbirros a un costado de su querida Colina, su negra cabellera despeinada cayó sobre el pavimento… ¿quién puede atreverse a negar que las piedras de la bicentenaria Univer­sidad lloraron, y junto con ellas, todo el pueblo de Cuba?

José Antonio, más que caer, se sembró en la historia. ¡Aquel indómito y carismático dirigen­te estudiantil vivió su fugaz existencia a la velo­cidad de un relámpago, con un pie en el presen­te y otro en el futuro!

Hoy a la distancia de más de medio siglo, re­cordamos las palabras pronunciadas por Fidel Castro en la escalinata universitaria el 13 de marzo de 1960, cuando en una bella imagen, al referirse a José Antonio expresó:

Fue el más alto exponente del es­tudiantado universitario y el joven más brillante en la Universidad en los últimos años… sobre todo, un ejemplo que es orgu­llo de nuestra generación, que se gestó aquí como líder, no solo estudiantil, sino como líder revolucionario de todo el pueblo en la Universidad de La Habana.

¡Cuántas vivencias guardo!, tanto de la iden­tificación y complementación entre Fidel y José Antonio, así como de su mutuo afecto y admi­ración. Me referiré tan solo a un hecho, en que sobran las palabras, cuando el Comandante en Jefe desvío su ruta por la Carretera Central en la Caravana de la Libertad, al triunfo de la Revolu­ción, y acudió al Cementerio de Cárdenas, a ren­dirle homenaje de recordación a su compañero de ideales.

¡Que pudiéramos decir hoy de aquel amigo in-separable que vimos por última vez hace 54 años, cuando pasó con su traje azul y su amplia sonrisa, haciéndome un saludo muy característico, y su­bió a la máquina, delante de la mía! ¡Juntos en todas las acciones, también juntos libramos esta última!

Como no recordar aquel joven, que no llegó a cumplir 25 años, de aquel estudiante, que tam­poco logró concluir su carrera de arquitecto, de aquel revolucionario que se formó en la Univer­sidad y que, al igual que Mella, desbordó los muros de la Colina y se proyectó en el pueblo. De aquel que se ha ganado el honor de presiden­te eterno de la FEU!

¿Qué pasó en el despacho de Batista?

Por Rafael Ramírez García

En diversas publicaciones acerca del ataque al Palacio Presidencial se afirma que la acción fra­casó debido a que Fulgencio Batista huyó hacia el tercer piso por la escalera secreta existente en su despacho. ¿Estaba el tirano en el segundo piso y se escabulló cuando comenzó la acción? ¿O se en­contraba en su oficina privada del nivel superior?

En sus memorias, él refiere: “Estuvo mal cal­culado el ataque dirigido a mi persona; mal por­que de haberme encontrado en aquel lugar, a esa hora, los servicios de vigilancia eran mayores”.

En el segundo piso radicaba el despacho ofi­cial, pero no el privado. Esto ubica al sátrapa en el tercer nivel, si consideramos la distribución del Palacio como planta baja, segundo piso, tercer piso y azotea. Uno de los reporteros lo narró de otra forma: “La fuerza invasora do­minó a la guardia y llegó hasta el primer piso donde Batista tiene sus oficinas. El presidente se hallaba en sus oficinas del segundo piso ter­minando un almuerzo con dos de los miem­bros del Gabinete”.

José Arroyo Maldonado, de la Asociated Press, crea cierta confusión con su nota: “Batista se en­contraba en el segundo piso esperando la hora del almuerzo para el que había invitado a algu­nos de sus ministros”. Sin embargo, el párrafo siguiente despeja las dudas: “Inmediatamente se situó en su despacho privado, al lado de las ha­bitaciones, desde donde dirigió la defensa de la mansión ejecutiva”.

El periodista Enrique de la Osa señalaría años más tarde que Batista, luego de haber almorzado con el ministro de Defensa, Santiago Verde­ja, despachó con Andrés Domingo Morales del Castillo, secretario de la Presidencia, y que, poco después de las 3:00 p. m., “[…] subió al tercer piso para ver al más pequeño de sus hijos, que se encontraba enfermo y para sustituir su ropa deportiva por otra más severa”.

Por último, el coronel (r) José Luis Padrón en carta a Max Lesnik, reseña: “Batista en el mo­mento del ataque se disponía a almorzar con Marta, su esposa, en el tercer piso donde vivía”.

La presencia de Batista en este último nivel es confirmada por diversos oficiales, entre ellos, el que se hallaba de guardia, y los ayudantes del dictador. El primero de ellos, teniente Ricardo García Gómez, planteó a la Comisión investiga­dora para la entrega de la condecoración Cruz Antonio Maceo que, cuando el comandante Six­to Sierra Albo llegó a Palacio, le informó que “el Señor Presidente se encontraba en el tercer piso con sus ayudantes y su familia”.

En cuanto a los ayudantes, comandantes Cos­me A. Varas y Alfredo Rams, señalan la presen­cia de Batista en el tercer piso al comenzar el ataque, así como haber recibido instrucciones de él. Varas se encontraba en aquel instante —se­gún declaró posteriormente— en el cuarto de los ayudantes en el tercer piso con el comandante Rams y, al oír los disparos, se acercó a Batista, quien le ordenó hacerse cargo de la planta de ra­dio y trasmitir que estaban atacando Palacio y debían tomarse las medidas de seguridad nece­sarias. Rams refirió que era el ayudante de guar­dia del presidente y que, al comenzar el fuego, estaba en la puerta de la habitación de Batista.

Acerca de los sucesos de ese día, Batista dijo en las referidas memorias: “Cuando el primer dispa­ro, me cambié el traje de calle por el más cómo­do”. Si lo hizo, de seguro no fue en su despacho oficial, sino en las habitaciones privadas del tercer piso; pero ello no significa que, al comenzar las acciones, estuviese allí. El análisis conjunto de to­das estas versiones indica que, al iniciarse el ata­que a Palacio, Batista se encontraba en el tercer piso y no en el segundo como se ha afirmado. Por tanto, no huyó por la escalera secreta.

Los revolucionarios en el segundo nivel

En referencia a los sucesos acaecidos allí, específica­mente en el despacho presidencial, la información es contradictoria, aunque con puntos coincidentes. Prensa Li­bre reseñó que ocho asaltantes llegaron al piso, quienes “[…] lanzaron tres granadas de mano con­tra ese local y abrieron fuego de ametralladora. En el interior de la mansión ejecutiva se generalizó un intenso tiroteo entre miembros de la escolta y los atacantes”.

En realidad, si bien hasta ese nivel subieron varios combatientes, solo cuatro alcanzaron el despacho presidencial: Carlos Gutiérrez Menoyo, José Luis Gómez Wangüemert, Luis Goicoechea y José Castellanos Valdés. De ellos, Goicochea —el único que no murió en combate durante el ataque— narró después de enero de 1959 al pe­riodista Vicente Cubillas, del diario Revolución, que cuando arribaron a la puerta de la antesala escucharon “[…] voces excitadas dentro. [Carlos] Gutiérrez gritó: ‘¡Salgan con las manos arriba!’ La respuesta fue un disparo de pistola […] Carlos preparó una granada y la lanzó por el hueco de los cristales rotos. No estalló. Probó con otra y ocurrió lo mismo. Las granadas estaban defec­tuosas. La tercera, igual. A la cuarta, se sintió la explosión. Instantáneamente, franqueamos la en­trada disparando nuestras armas. En el suelo ha­bía dos hombres muertos […] Tratamos de hallar un pasadizo secreto que, según nos habían infor­mado, unía el despacho de Batista con sus habita­ciones del tercer piso. Imposible lograrlo”.

Según otra fuente, en el despacho habían estado el teniente Modesto Elías Fernández, el sargento Francisco Ramos, el cabo Bernal de la Policía Se­creta, el agente del servicio secreto Domingo Luis Simeón y el cabo Higinio Valladares Mesa, de guardia en el local. Sus declaraciones coinciden en parte con la narración de Goicoechea.

Elías Fernández relataría después que, junto a otros militares, asumió posiciones defensivas en el despacho de Batista y el salón del Consejo de Ministros. Hasta allí llegó el sargento Ramos, procedente del primer piso, armado con una su­bametralladora Thompson. En las declaraciones tomadas a Elías se consigna: “[…] en ese momen­to se acercaban [los asaltantes] a la puerta donde ellos estaban, amenazándolos de palabra y enton­ces los repelieron a tiros donde ellos contestaron y lanzaron, además, tres granadas de mano ex­plotando una de ellas y retirándose hacia otro lu­gar para cubrirse del fuego que les hacíamos”. En ese momento, el declarante observó que “[…] el sargento Ramos había sido herido en un brazo en el tiroteo, procediendo en ese momento a retirarse por la esca­lera secreta hacia el tercer piso donde se encon­traba el Señor Presidente”.

El cabo Higinio Valladares y el sargento Fran­cisco Ramos relataron que hubo dos heridos le­ves: Elías en la muñeca derecha y Ramos en el antebrazo y pierna derecha, sin afectaciones para seguir combatiendo. Agregaron que después se había presentado el ministro de la Presidencia, Andrés Domingo Morales del Castillo, con tres damas, a los que condujeron hasta el despacho de Batista. Luego todos, con la excepción del minis­tro, subieron al tercer piso por la escalera secreta.

En su libro sobre la mansión de Refugio no. 1, Ju­lio A. Martí, expone una versión distinta de los he­chos, aunque sin referenciar la fuente: “Próximos a la puerta cerrada de un pasillo interior del ala nor­te sintieron voces del otro lado. Gutiérrez Menoyo dio el alto y la respuesta fue una andanada de tiros a través de la madera. La réplica revolucionaria no se hizo esperar. Algunas ráfagas de Thompson y el estallido de una granada hicieron saltar la puerta en astillas y se precipitaron al interior. Sobre el piso los cuerpos de dos soldados se desangraban. Sin embargo, vivían y fueron respetados”.

Coincidentes o no, los testimonios expuestos con­firman que se produjo el lanzamiento de tres o cua­tro granadas por los asaltantes y un intercambio de disparos y palabras entre estos y los defensores. La última granada explotó hacia afuera al chocar con­tra una mampara de madera existente en el lugar. La diferencia está en que los asaltantes hablan de dos muertos y los guardias de dos heridos.

Si se tiene en cuenta que ese día la dictadura tuvo cinco bajas mortales, tres de las cuales fueron en la puerta de acceso de la calle Colón y las otras dos en el exterior, coincidentes con la llegada de los tanques por la calle Monserrate (esto último confirmado por las declaraciones de los tanquis­tas y las tripulaciones de los carros del Servicio de Inteligencia Militar), se puede afirmar que en el despacho de Batista, además del intercambio de palabras, disparos y el lanzamiento de granadas de mano, no hubo bajas mortales, solo dos heri­dos de la guarnición.

Un último elemento por precisar sobre lo acaeci­do en el segundo piso: ¿Menelao Mora murió allí o en el parque Zayas (al fondo del Palacio), como afirmó la dictadura? Todo indica que ocurrió en este último lugar, pues el cuerpo fue recogido por una ambulancia y conducido al Centro de Socorro. De haber estado dentro, el cadáver hubiese sido conducido al Necrocomio, junto al resto de los asaltantes caídos en la acción. Reafirma esta tesis el testimonio de Tomás Bretón Pérez, quien con­taría que otro compañero logró sacar a Menelao, moribundo, del Palacio y llevarlo hasta el par­que Zayas, “[…] donde, al colocarlo agonizante en un banco del mismo, muere por sus ideales”.

Un año y nueve meses después, Batista huía de Cuba. Con la entrada en La Habana de las fuerzas rebeldes, el Palacio Presidencial pasó a ser la sede del gobierno revolucionario.

13 de marzo: la historia del último sobreviviente del auto de José Antonio Echeverría

Por Yunier Javier Sifonte Díaz

Son más de las tres de la tarde del 13 de mar­zo de 1957 y desde uno de los estudios de la emisora Radio Reloj una voz estremece al país. Todo comienza con un enérgico “Pueblo de Cuba”, y enseguida el anuncio del asalto al Pa­lacio Presidencial por un grupo de jóvenes del Directorio Revolucionario rompe la quietud de la jornada. En la cabina de trasmisión está José Antonio Echeverría, reclinado sobre la mesa y con unos papeles estrujados en la mano; en la planta baja del edificio lo espera Otto Hernán­dez Fernández, el último sobreviviente entre los que viajaron aquel día en el auto del líder estudiantil.

Con una voz que no parece la de un hombre de más de 80 años, Otto recuerda cómo llegó hasta el Directorio Revolucionario gracias al impulso de Joe Westbrook: “Yo estudiaba en La Habana y tenía una amistad con él a partir de coincidir en varias reuniones. Luego de hablar algunas veces, en uno de aquellos encuentros él me pro­puso la idea de sumarme al grupo y yo acepté de inmediato”.

Sin embargo, en 1956 el gobierno cerró la uni­versidad y, ante la presión de sus padres, Otto no tuvo más remedio que regresar a Santa Cla­ra. No obstante, recuerda cómo le pidió a West­brook que lo mantuviera al tanto de la situación y le avisara ante cualquier acción importante. La clave para convocarlo sería un telegrama con el texto: “Abuelo grave. Ven pronto. Alberto”. El mensaje no tardó mucho en llegar. Según cuenta, recibió el aviso y le dijo a su padre que viajaría con unas muchachas a la cercana playa de Cai­barién; pero en la noche del 10 de marzo, tomó el último ómnibus hasta la capital. El dinero del pasaje lo recaudó entre sus amigos de confianza y, al día siguiente, el joven universitario llegaba a uno de los apartamentos seleccionados para reu­nir al pequeño grupo de asaltantes.

Pasaban los días y nosotros ocultos allí, por­que aún no conocíamos cuándo o qué haría­mos. Estuvimos todo el tiempo revisando documentos del Directorio y destruyendo los más comprometedores, como un fichero con el nombre de todos sus miembros. Primero los cortábamos en pedazos y luego los descargá­bamos por el inodoro. Toda una noche estuve en esa operación.

Alrededor del mediodía del 13 de marzo, cada uno de los participantes recibió el armamento y supo con exactitud los detalles de la operación.

Los asaltantes a Radio Reloj salimos en tres autos. En el nuestro viajaban Carlos Figuere­do, como chofer; Fructuoso Rodríguez; José Antonio Echeverría; Joe Westbrook y yo. Por plan, ese era el único que debía llegar hasta la puerta del edificio de la emisora CMQ. Los otros dos tenían la misión de cerrar la calle en cada esquina para evitar interrupciones.

A más de seis décadas de aquel día todavía recuerda cómo José Antonio, Joe y Fructuoso bajaron del vehículo y “entraron al edificio con una decisión impresionante”. Mientras ellos su-bían hasta la cabina de trasmisión, el chofer se concentró en evitar que el auto se apagara, “y yo salí con la ametralladora para asegurar el regreso sin contra­tiempos”.

Como a los cinco minutos veo que el portero empieza a cerrar una puerta grande de cristal. Mientras Figueredo dispara dos veces desde su asiento, salgo ha­cia la entrada de CMQ, encañono al guardia y le digo: “No cierres, porque si lo haces la voy a abrir a balazos”. Aquel hombre se que­dó paralizado, pero no siguió. Justo un mo­mento después bajaron José Antonio y los demás. Les habían cortado la trasmisión y no habían terminado de leer el mensaje.

El asaltante refirió que, antes de subir otra vez al auto, Echeverría se detuvo frente a un sargen­to de Policía que llegó hasta el lugar, habló con él unas palabras y le quitó el revólver. Para Otto, ese gesto demuestra el valor del presidente de la FEU y habla de su fortaleza moral. “Realmente no sé qué le pudo comentar al oficial; pero no olvido sus gestos, la firmeza del rostro y la rapi­dez con que regresó al carro luego de desarmar al guardia”.

A partir de ahí cada uno de los tres autos tomó un rumbo diferente para llegar a la Uni­versidad y reagruparse. Con varios disparos al aire, “cuando se podía, gritos de vivas a la Re­volución y a la FEU, y otros de abajo Batista y la tiranía”, el pequeño grupo sorteó tranques de calles y el tráfico hasta acercarse al punto acor­dado. Sin embargo, casi al llegar a la colina el auto de José Antonio se topó con una patrulla que transitaba por la senda contraria.

Cuando pasábamos la esquina de Jovellar y L sentimos la sirena de una perseguidora. Ahí mismo le digo al chino Figueredo que se mantuviera tranquilo y dejara pasar la patrulla para luego seguir nosotros. Bueno, pues él arrancó como un bólido y la embistió casi de frente. Con el choque yo caí al suelo, pero recuerdo cómo José Antonio tuvo el impulso de abrir la puerta y enfrentarse dis­parando a los policías. Aun hoy tengo muy claro en mi memoria cómo el Gordo cayó casi delante de nosotros.

Luego del intercambio de disparos, los jóvenes lograron entrar a la Universidad y esperar allí el regreso del comando en­cargado del ataque al Palacio Presidencial. Con la muerte de Echeverría y ante el fracaso de la acción, decidieron retirarse y salvar la mayor cantidad de armas posibles.

Otto llegó hasta una casa de huéspedes, pero apenas logró permanecer allí algunas horas. Se­gún cuenta, la propietaria lo recriminó y le pi­dió que se fuera, aunque le permitió contactar con su familia en Santa Clara. Su padre buscó un auto de alquiler y lo sacó de la ciudad, oculto buena parte del trayecto en el maletero para evi­tar el control policial. Semanas más tarde cono­ció del asesinato de Joe Westbrook y Fructuoso Rodríguez en la masacre de Humboldt 7. Carlos Figueredo murió a inicios del 2009.

Cuando Otto Hernández revive su papel en la toma de Radio Reloj no puede evitar contener la emoción. Aún sin cumplir sus objetivos, para él, las acciones de aquel día sirvieron para es­tremecer al poder y demostrar que la vía arma­da era la única posible para alcanzar el triunfo. “Aquello llevó a eliminar de la mente de los po­litiqueros que con elecciones se resolvería algo, y a los indecisos les confirmó nuestra voluntad de pelear hasta obtener la libertad”.

A 61 años de aquel 13 de marzo —este año se cumplen 65—, este hombre hablaba de convic­ciones y evocaba a los compañeros caídos. Aun­que solo escuchó las palabras de José Antonio Echeverría poco más de un lustro después, cuan­do casi por casualidad apareció la cinta origi­nal con la alocución del líder estudiantil, desde aquella vez confiesa sentir siempre la misma sensación de compromiso y orgullo. “Mientras me quede vida y fuerza trabajaré por Cuba, jus­to como pensaba cuando tomamos la emisora”. Luego prefiere callar, quizás porque para él todo quedó dicho aquella tarde en que un grupo de jóvenes estremeció al país.