Agramontemás allá de la leyenda*

Historia

Por: Yahily Hernández Porto

Han pasado 149 años de uno de los sucesos más lamentables en la historia de la Patria: la caída en combate del mayor general Ignacio Agramonte y Loynaz, cuya figura sigue sorprendiendo por su impronta y liderazgo. El tiempo no ha borra­do su huella en los habitantes de esta tierra, que adoptó su apellido como gentilicio, y de toda una nación que lo enaltece. Para sus coterráneos es casi imposible no profesar ese sentimiento de propiedad sobre el Mayor, sobre todo en la ciu­dad que lo vio convertirse en prócer con cierto atributo seductor: la fina línea que separa la rea­lidad de la leyenda gravita indeleblemente.

Agramonte seduce al mismo destino, y aun sin tumba, sin un lugar sagrado donde rendirle honor, continúa latiendo en cada uno de los hijos de su extensa llanura. A pesar del deseo ferviente de sa­ber el lugar de su sepultura, queda la utopía de que pudo haber sido quemado y sus cenizas esparcidas al aire para hacer desaparecer su legado. A contra­pelo de tantas falacias, no se resisten los habitantsde esta tierra a que mueran el espíritu, la gallardía y el ejemplo del héroe. Por eso no son pocos los puntos geográficos de su terruño que lo arropan del olvido.

Así, en la memoria colectiva pervive en espa­cios que lo inmortalizan, como su casa natal, en la intersección de la calle que lleva su nombre e Independencia; la casa-quinta de Amalia Simoni, en la que se profesaron amor eterno, y el parque con su estatua ecuestre, de la cual se afirma que es tal el parecido, que al ser develada, su viuda se desmayó. Se suman el conjunto escultórico el Potrero de Jimaguayú, en el municipio de Ver­tientes, donde cayó en combate el 11 de mayo de 1873; la plaza San Juan de Dios, en la que al día siguiente estuvo su cadáver por última vez —hasta ahora conocido— y el Salón Jimaguayú, en la his­tórica plaza que también lleva su nombre.

En el imaginario colectivo sobrevive su leyen­da convertida en espada —se me antoja sable— y escudo de la nación. Ni los contrarios pudieron desentenderse de su robusta manera de pelear. Muchos fueron los esfuerzos por desacreditar la figura del Mayor, pero no lograron eclipsar su impronta, ni siquiera acusándolo de cualidades deshonrosas.

En sus partes de guerra y otros documentos lo tildaron de “cruel y déspota”, según consta en el artículo “La Memoria”, en la profunda inves­tigación Ignacio Agramonte y el combate de Jima­guayú. Pero la prensa proespañola no pudo elu­dir la dimensión del héroe.

El Diario de la Marina, defensor a ultranza de los intereses colonialistas, a 72 horas del fatídico suceso destacó una información en la que catalo­gaba de famosa a la caballería del Mayor y decla­ra indudable que las partidas a sus órdenes eran las mejor armadas y organizadas de la rebelión.

Su estatura de líder político y excelso estrate­ga militar también fue reconocida: “Sin Ignacio Agramonte la rebelión del Camagüey habría quizás terminado en la reunión de Las Minas”, dice en referencia al 26 de noviembre de 1869, cuando fue derrotado un segundo intento conci­liador encabezado por Napoleón Arango.

Otras visiones esenciales sobre la atrevida personalidad del Mayor fueron expuestas por los investigadores Kezia Zabrina Henry Knight, José Fernando Crespo Baró y Amparo Fernán­dez Galera, en un artículo publicado en la pági­na digital Oh, Camagüey, de la Oficina del His­toriador de la Ciudad de Camagüey (OHCC). El estudio refleja que en la Memoria del capitán general Cándido Pieltain se registran opiniones respetuosas y de elevada veracidad: “Ignacio Agramonte, en el Centro, con su prestigio y fuerzas, era un peligro constante para las Villas y el departamento occidental”. Al referirse a la última batalla, pondera:

Notable hecho de armas en que perdió la vida con 80 de sus mejores partidarios Ig­nacio Agramonte, cuyo cadáver fue condu­cido a Puerto Príncipe y reconocido allí por toda la población. Este cabecilla era el más importante Jefe de la insurrección en el de­partamento Central y acaso en toda la Isla, por su ilustración, por la influencia que ejer­cía en sus secuaces, por su valor, carácter y energía, pudiendo asegurar a V. E., que su falta es un golpe mortal para los enemigos de España, y puede apresurar mucho la épo­ca de la anhelada pacificación.

Insustituibles para entender el arrojo de este hombre, que por momentos parece un superhé­roe, son las notas emitidas por los rotativos de la emigración La Independencia y La Revolución de Cuba, el 17 de mayo de 1873.

El primero consideró:

Su pérdida es irreparable. Valía tanto que es imposible apreciar lo que en él hemos per­dido […] Su muerte no nos ha sorprendido, aunque nos ha causado un inmenso dolor, un pesar profundo. No nos ha sorprendido, por­que sabíamos que su arrojo en los combates rayaba en imprudencia […] Él no podía ver al enemigo frente a sus líneas sin lanzarse a la pelea, arrastrando consigo a sus valerosos compañeros, que le idolatraban.

El segundo permite hacerse una idea de quién era este indomable combatiente cuando escu­chaba el toque de “A degüello”:

Era de todo punto imposible que en el dis­trito en que operaba el heroico jefe, y en que habían de ocurrir continuos combates, dejase de estar siempre expuesta la vida de un hombre que, como Agramonte, siempre también ocupaba el puesto de vanguardia, lanzándose antes que todos en las filas es­pañolas.

Una muestra de la repercusión internacional del fatídico hecho fue lo publicado por el perió­dico El Nacional, de Lima:

Las consecuencias que tendrá para Cuba este suceso lamentable, serán funestas, por­que la muerte de un hombre como Agra­monte equivale a la pérdida de ejércitos en­teros; pero no hay que poner en duda por eso el éxito irrevocable de la revolución. El ejemplo de Agramonte creará uno y otro hé­roe, y quedan allí militares distinguidos que vengarán su muerte.

Conocer el criterio del contrincante sobre pro­cesos beligerantes y sus figuras icónicas es clave para formarse una opinión acerca de la magni­tud e influencia de sus paladines. En el caso del prócer camagüeyano, una dosis de odio tuvo que superarse hasta después de muerto: el afán de sus captores de enmudecer su legado glorioso, al punto de que hasta hoy sus restos no hayan sido encontrados; pero tanta animadversión no dio resultado en absoluto, pues su huella, pen­samiento y espíritu se eternizan intactos, ya no en esta llanura, sino en todo un país que le canta en versos del poeta: Va cabalgando/ el Mayor con su herida,/ y mientras más mortal el tajo/ es más de vida./ Va cabalgando,/ sobre una palma escrita,/ y a la distancia de cien años/ resucita.

De camino al sesquicentenario de su ascenso a la gloria, JR propone un acercamiento en los siguientes meses a 11 sitios y leyendas que evocan al héroe, al hombre, al líder que en solo 31 años de fecunda existencia dejó un legado para la eternidad.

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