El partido de Martí

Dosier

Al 130 aniversario del Par­tido Revolucionario Cubano, el partido creado por nuestro Héroe Nacional José Martí, con el propósito de lograr la unidad de los cuba­nos todos y preparar la guerra breve y ge­nerosa que nos llevaría a la república “con todos y para el bien de todos”, dedicamos hoy nuestro dosier.

Proceso de fundación del Partido Revolucionario Cubano

Por: Ibrahim Hidalgo Paz

Tras diez años de enfrentamiento bélico, no fueron alcanzados los dos objetivos que habían logrado mantener sobre las armas a miles de combatientes durante la Década Heroica: la in­dependencia y la abolición. No obstante, la frus­tración no fue suficiente para extinguir las ansias de libertad entre las grandes masas del pueblo cubano, como quedó demostrado con la llama­da Guerra Chiquita, continuación de la anterior e igualmente concluida sin la desaparición del colonialismo hispano, cuya economía se susten­taba en el inhumano sistema esclavista. Nuevos intentos patrióticos signarían los ochenta, con la pérdida de valiosas vidas huma­nas y el incremento de las tensiones dentro del movimiento revolucionario cubano, acicateadas por la constante labor divisionista llevada a cabo por agentes infiltrados y traidores, así como por el aliento de supuestas reformas, soluciones ofreci­das por el gobierno de Madrid y nunca cumplidas. Las vanguardias revolucionarias no cejaron ante aquellos procedimientos, a pesar del agotamiento provocado por los reveses, los fracasos, las dis­cordias. Una y otra vez surgirían propuestas para reencauzar los ánimos y las fuerzas dispersas. En la generalidad de estos intentos está José Martí, vinculado a los nobles propósitos o propiciando algunos de ellos. Sus ideas eran el resultado no solo del estudio de las circunstancias cubanas, sino también del análisis de la situación internacional, particular­mente de la interdependencia entre las regiones latinoamericana, caribeña y estadounidense, lo que le permitió avizorar los peligros representa­dos por las ansias imperiales de dominio conti­nental del país norteño, agazapadas ante la fuer­za indisputable de las potencias europeas. Sus conclusiones lo llevaron a elaborar una estrate­gia revolucionaria cuyo primer paso, decisivo, era lograr la independencia absoluta de Cuba mediante la violencia revolucionaria, y fundar una república que por sus fundamentos y pro­ceder democráticos contara con amplio apoyo popular, lo que permitiría gestar la unión de las islas hermanas de las Antillas y, de este modo, enfrentar las amenazas internas y externas, en un ámbito donde prevaleciera el equilibrio de las fuerzas en pugna en el universo. Martí no era un ente solitario que clamaba en un desierto, sin apoyo alguno de sus contem­poráneos, sino el dirigente de una vanguardia ideológica, política y cultural que en las emigra­ciones y en Cuba se mantenía activa, en espera del momento adecuado para juntar las fuerzas dispersas y reiniciar la batalla anticolonial. Esto le permitió al Maestro dar respuesta adecuada a la solicitud de un grupo de patriotas de Tampa, que lo invitaron, en noviembre de 1891, a hablar a los emigrados con motivo de la conmemoración del fusilamiento de los estudiantes de Medicina. Era la primera vez que viajaba a una comunidad del sur estadounidense, integrada principalmen­te por patriotas entusiastas e incluadicables. Fue esa ocasión propicia para el diálogo, el intercam­bio de ideas y experiencias con miembros de losto conocido como “Resoluciones”, aprobado en aquella ocasión y ratificado dos días después con los aplausos de la multitud congregada en el Liceo Cubano. El texto contiene las ideas fundamentales que Martí desarrolló y expuso, entre los días 2 y 5 de enero de 1892, a dirigentes de la casi totalidad de las agrupaciones de Cayo Hueso, adonde había sido invitado. Surgió de la discusión y el análi­sis exhaustivo, del intercambio de opiniones, el Partido Revolucionario Cubano, regido por las “Bases”, programa mínimo definitorio de pro­pósitos y aspiraciones, así como por los “Esta­tutos secretos”, que normaban sus estructuras y funciones. Ambos documentos debían ser so­metidos a la consideración de los miembros de las múltiples asociaciones existentes o de nueva creación. Este proceso se prolongó hasta el 8 de abril, cuando se realizaron las elecciones para los dos cargos de dirección, delega­do y tesorero, que, por votación mayoritaria, fueron ocupados por Martí y Benjamín J. Guerra, respectivamente. El día 10, las asociaciones de Cayo Hueso, Tampa y Nueva York realizaron actos de proclamación del Partido, y del resultado del escrutinio. Había concluido el proceso de creación de la agrupación político-militar cuyos dos objetivos esenciales lograron la unidad del movimiento revolucionario cubano: preparar la contienda y sentar las bases de la sociedad futura. Comen­zaba a organizarse la “guerra de espíritu y mé­todos republicanos”, cuyo éxito aceleraría “la fundación de la nueva República indispensable al equilibrio americano”.

El Partido Revolucionario Cubano, un partido para la revolución

Por: Francisca López Civeira*

Como es muy conocido, José Martí fundó el Partido Revolucionario Cubano (PRC) en 1892, y situó la fecha fundacional en un día simbóli­co para la Revolución de 1868: el 10 de abril, es decir, la Asamblea de Guáimaro. Con ese acto trascendente se daba cuerpo a la organización que debía preparar el nuevo período de guerra, desde bases programáticas esenciales —aunque quizás no totalmente explícitas en todas sus partes, pero sí en sus enunciados generales—, que anunciaban un cambio revolucionario en Cuba. En el criterio martiano, era indispensable pre­sentar los objetivos que guiaban el nuevo es­fuerzo; por supuesto, hasta donde era posible en aquellas circunstancias. Si bien era del criterio de que “En revolución, los métodos han de ser ca­llados; los fines, públicos”, no se puede olvidar que, en su conocida carta inconclusa a Manuel Mercado, explicó que “[…] hay cosas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”. Dentro de esta lógica hay que analizar las Bases del Partido, que no por azar se llamó Revolucionario Cubano, lo cual es muy significativo, más aún en alguien como Mar­tí, que precisaba con mucho celo las denomina­ciones y adjetivos con vistas a trasmitir la idea. La Base primera establecía el fin más general y esencial: lograr la independencia de Cuba y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico; pero en las bases siguientes se presentaban los objetivos de las acciones que seguirían en la guerra y más allá, en la paz. Así tenemos: la realización de “una guerra generosa y breve” que asegurara en la paz y el trabajo la felicidad de los habitantes de la Isla; fundar en Cuba una nación que ase­gurara la dicha de sus hijos y cumpliera “en la vida histórica del continente, los deberes difíci­les que su situación geográfica le señala”; fun­dar un “pueblo nuevo y de sincera democracia”; preparar la guerra que se haría “para el decoro y bien de todos los cubanos”; fundar la patria “una, cordial y sagaz” que, desde la preparación, fuera disponiéndose para “salvarse de los peligros internos y externos que la amenacen” y crear un sistema de hacienda pública que abriera el país a la actividad de sus habitantes. La base séptima establecía que el PRC cuidaría de no atraerse “la male­volencia o suspicacia” de los pueblos con los que debían mantenerse relaciones cordiales, y en la octava se definían cinco propósitos: la unidad de los cubanos, con vistas a contribuir a un triunfo rápido y ayudar a la eficacia de las instituciones que se crearan y que debían “ir en germen” du­rante la guerra; propagar el espíritu y métodos de la revolución, allegar fondos para esa empre­sa y establecer con pueblos amigos relaciones que contribuyeran a acelerar la guerra y “la fun­dación de la nueva República indispensable al equilibrio americano”. Como puede observarse, Martí establecía ba­ses generales que implicaban transformaciones en la sociedad colonial cubana y perspectivas internacionales, que incluían los desafíos deri­vados de la posición geográfica de Cuba y los intereses que esta concitaba. La denominación de revolucionario ya planteaba una definición. En Martí este concepto no era sinónimo de gue­rra, como podía ser para otros, cuestión que había definido desde su temprana juventud cuando, durante su primer destierro a España, escribió acerca del cambio que implicaba una revolución para un pueblo. Sobre este asunto insistió en muchas otras ocasiones, sobre todo al constatar que el proceso independentista de América Latina no había transformado las es­tructuras coloniales. Desde esa experiencia, ha­bía definido durante su estancia en México, en 1875: Un pueblo no es independiente cuando ha sacudido las cadenas de sus amos, empieza a serlo cuando se ha sacudido de su ser los vicios de la vencida esclavitud, y para patria y vivir nuevos, alza e informa conceptos de vida radicalmente opuestos a la costumbre de servilismo pasado, a las memorias de de­bilidad y de lisonja que las dominaciones despóticas usan como elementos de domi­nio sobre los pueblos esclavos. Esta idea de revolución como transformación de la sociedad colonial desde sus bases fue una constante en Martí, que veía la necesidad de producirla en nuestros pueblos, lo que expresa con nitidez en su ensayo “Nuestra América”, publicado en 1891, al decir: “El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu” y, a continuación, expuso el remedio: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opre­sores”. Desde tales concepciones, Martí pro­yectaba la manera en que debía conducirse y concretarse la revolución en Cuba. En las “Bases”, Martí seguía el método de negar primero aquello que no se proponía el PRC, para después afirmar sus propósitos y, en la primera de esas bases, justamente establecía que el Partido “[…] no se propone perpetuar en la República Cu­bana, con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia”, de manera que ya anunciaba la intención de trans­formar la esencia de aquel régimen colonial. Dentro de la estrategia martiana, tuvo un lugar importante la fundación del periódico Patria un mes antes de la proclamación del Partido. Este fue un espacio para dar a conocer principios básicos que precedían a la fundación del órgano partidista, lo que se aprecia en su artículo “Nuestras ideas” cuando afirmó: “La guerra es un procedimiento político, y este procedimiento de la guerra es conveniente en Cuba”, a lo que siguió una defi­nición que estaría, con otra redacción, dentro de las Bases: “El cambio de mera forma no merecería el sacrificio a que nos aprestamos; ni bastaría una sola guerra para completar una revolución cuyo primer triunfo sólo diese por resultado la mudan­za de sitio de una autoridad injusta” y hablaba de defender “la política popular” y de levantar “[…] un pueblo real y de métodos nuevos, donde la vida emancipada, sin amenazar derecho alguno, goce en paz de todos”.8 Como puede apreciarse, Martí fue preparando la opinión para llegar a la proclamación del PRC; pero el proceso no se detenía en ese momento. Los Estatutos secretos normaban el funciona­ miento interno, el cual comprendía que el dele­gado y el tesorero debían rendir cuenta anual de su gestión, a la vez que la elección tenía también carácter anual. Es de destacar la denominación del máximo dirigente del Partido: delegado. Esta obedecía al criterio de que el pueblo “delega” su representación. A partir de la estructura creada, se trabajaría en las asociaciones o clubes de base y los cuerpos de consejo de cada localidad que integrarían el Partido. Si bien las bases programáticas hacían alusión a los deberes difíciles que imponía la situación geográfica de Cuba, en documentos posteriores Martí sería más explícito en la identificación del peligro que significaba la “república imperial” del norte de América, como lo hizo en “El tercer año del Partido Revolucionario Cu­bano” subtitulado “El alma de la Revolución y el deber de Cuba en América” publicado en Patria, el 17 de abril de 1894. El PRC había surgido con el propósito de sen­tar las bases para la revolución desde la prepara­ción de la guerra. En sus documentos fundacio­nales se plasmaban los fundamentos esenciales para la guerra y para la paz. Sin duda, Martí hizo un aporte fundamental a la concepción re­volucionaria de su tiempo, que se proyecta hacia el futuro.

El partido de la unidad

Por: María Luisa García Moreno*

Aunque nunca había cesado de combatir por la independencia patria, a finales de 1891, se desprendió José Martí de otras responsabili­dades que lo ataban —como la representación diplomática en Nueva York de Argentina, Uruguay y Paraguay—. A partir de entonces estaría totalmente listo para entregar hasta el último minuto de su abnegada vida a la causa libertaria. Esos esfuerzos se concretaron cuando, tras una ardua labor realizada por Martí y sus colabora­dores para levantar y organizar el patriotismo de las emigraciones, “A una misma hora, el día 10 de abril, se pusieron en pie todas las asociaciones cubanas y puertorriqueñas que mantienen fuera de Cuba y Puerto Rico la independencia de las Antillas, y todas proclamaron constituido por la voluntad popular […] el Partido Revolucionario Cubano, creado por las emigraciones unánimes con el fin de ordenar, con respecto a los intere­ses legítimos y a la voluntad del país, las fuerzas existentes y necesarias para establecer en él una república justa”. Y la emoción brota en sus palabras cuando afirma que “[…] desde Tampa a los extremos de la América del Sur, las emigraciones cubanas, y con ellas la emigración puertorriqueña, congre­gan, al más humilde impulso, sus fuerzas traba­jadoras; examinan con juicio libérrimo las Bases en que se han de unir y los Estatutos con que se han de mover, de modo que la autoridad indis­pensable para la obra ejecutiva de la revolución se concilie con el alma republicana de donde toma su representación y vigor […]”; porque el Partido Revolucionario Cubano (PRC) es la obra mayor de José Martí y él lo sabía. Con el PRC había creado un instrumento único, capaz de lo­grar la unidad necesaria para conquistar la inde­pendencia y construir la república “con todos y para el bien de todos”. Fue una verdadera pena —y permítaseme la di­gresión— que las ambiciones imperialistas, que bien previó Martí, hubieran encontrado en los erro­res y la división interna, que tras la heroica caída en combate de José Martí, permeó la dirección de la Revolución, así como en la actuación del nefasto don Tomás Estrada Palma —sucesor de Martí como delegado del PRC y representante del gobierno de la República de Cuba en Armas en el exterior, con­notado anexionista—terreno fértil para frustrar una labor tan cuidadosamente planeada por nuestro Héroe Nacional. José Martí definía que el propósito del PRC era “[…] poner la república sincera en la guerra, de modo que ya en la guerra vaya, e impere naturalmente, por poder incontrastable, después de la guerra […]”; porque está claro para él que la guerra es solo un medio para conquistar un objetivo y porque es necesario “[…] librar a las islas de los yerros y obstáculos, en ellas innecesarios, donde cayeron, y por algún tiempo pareció que pere­cerían, las repúblicas nuevas americanas […]”. Aquí vuelve a aflorar el pensamiento estratégico desarrollado a partir del minucioso estudio de las guerras de su tiempo, entre ellas las contien­das libertarias de la América Latina, así como las repúblicas americanas y sus avatares, acerca de la necesidad de sacudir los vicios de la colonia en la república que se construyera. Y reitera el Maestro: “Para el servicio desinte­resado y heroico de la independencia de Cuba y Puerto Rico se funda, de arranque unánime y pro­pio el Partido Revolucionario Cubano […]”. Bien vale esta idea dos comentarios: “para el servicio desinteresado y heroico” de sus miembros y no para el lucro o beneficio personal: “Para la obra común se funda el partido, de las almas magná­nimas y limpias”; además, “de Cuba y Puerto Rico”, porque el PRC ambicionaba conquistar la independencia en ambas Antillas, las cuales cons­tituían los restos del otrora poderoso imperio es­pañol, y porque no puede olvidarse la labor de los líderes puertorriqueños.

Los sentimientos más puros afloran en la pala­bra martiana cuando afirma: “¡Bello es ver alzarse en una sola idea, de entusiasmo y prudencia a la vez, a un pueblo de orígenes diversos y composi­ción difícil, en la hora suprema en que se requie­ren juntamente la prudencia y el entusiasmo!” o “¡Bello es ver alzarse a una emigración defrauda­da, con la misma fe que la movió veinte años hace, antes de la esperanza vana y la credulidad ciega, a toda especie de abandono y sacrificio!”6 Dentro y fuera de Cuba hervían el entusiasmo revolucio­nario y la prudencia necesaria; pero, como luego precisaría en su carta inconclusa a Mercado, “en silencio ha tenido que ser”.7

Y una vez más, el llamado a la unidad, la decisión de esperar el momento adecuado y la seguridad de que serían elegidos los líderes más capaces para llevar a cabo la guerra necesaria y la fundación de la república: “[…] porque por la proclamación unánime y solemne el día 10 de Abril de todas las asociaciones cubanas y puertorriqueñas de fue­ra de las islas, sin excepción de una sola, saben ya Cuba y Puerto Rico que el Partido Revolucionario existe, con una organización en que se combinan la república democrática y la acción enérgica, para concertar con las islas el modo oportuno de fomen­tar y ayudar sin violencia ni premura la guerra incontrastable; para impedir, por cuantos medios aconseje la prudencia, que el enemigo logre su de­seo de sofocar el levantamiento general […] y para procurar que la fundación de la república no caiga en manos incapaces ni parciales”.8

El Partido Revolucionario Cubano, bajo la di­rección de José Martí, fue el partido de la unidad de la unidad necesaria para conquistar la inde­pendencia de España; pero podría haber sido el partido único que guiara la construcción de la república soñada.

Legado del Partido Revolucionario Cubano

Por: María Caridad Pacheco González*

Después de la proclamación del Partido Revo­lucionario Cubano (PRC) el 10 de abril de 1892, José Martí escribió en el periódico Patria: “[…] Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura, lo que un pueblo quiere. El Partido Revolucionario Cu­bano, es el pueblo cubano”. En un país donde históricamente la desunión había sido la causadel fracaso de más de un proceso emancipador, quizá uno de los mayores aportes que nos legó el PRC, fruto de la tenaz lucha martiana frente a las tendencias contrarias a la independencia, fue la unidad de los actores fundamentales con vistas a la construcción futura de una república en revolución. La creación de un partido político moderno y revolucionario solo podía brotar de un cono­cimiento real, con fundamento científico, del proceso social. En Martí hallamos a un dirigen­te dispuesto a conocer esa realidad en contacto permanente con las masas, porque su perspica­cia política le hizo darse cuenta de que la efecti­vidad de la acción revolucionaria exigía en todo momento la participación activa, creadora, del pueblo. De este convencimiento brotó la urgen­cia de educar a los trabajadores y formar en ellos los mejores valores. El dirigente que había ex­puesto: “[…] sin razonable prosperidad, la vida, para el común de las gentes, es amarga; pero es un cáncer sin los goces del espíritu”, es el mis­mo que refiriéndose al papel del PRC dijo: “[…] el Partido no prepara por cierto una república donde la riqueza de los hombres sea la base de su derecho, y tenga más derecho el que tenga más riqueza, sino una república en que la base del derecho sea el cumplimiento del deber”. El poder del delegado del PRC fue un poder democráticamente dirigido a otorgar una repre­sentación político-social de las masas, una de­legación de facultades y autoridad totalmente opuesta a privilegios de origen elitista y castren­se, la cual reconocía sinceramente la soberanía de la instancia popular que lo sustentaba. Por ello, si bien su proyecto de liberación no era —ni podía, ni tenía que ser— de carácter socialista,sino que giraba en torno a la contradicción —esencial para él— entre colonia y metrópo­li, y a la necesidad que presen­taba nuestra América de conquistar su segunda independencia frente a los peligros que entrañaba el imperialismo norteamericano, un proyecto socialista, particularmente en Cuba, para serlo esencialmente, tenía que ser martiano. En sentido estricto, fue con Fidel que llegó a su plena maduración la articulación de la tradición nacional con el marxismo-leninismo; pero vale recordar que el origen de este proceso parte de la década del veinte del siglo pasado, cuando se es­tructuró lo que se ha dado en llamar el marxismo fundacional cubano, vinculado con el pensamien­to de José Martí e inspirado en la Revolución de Octubre. El derrumbe del socialismo europeo y la destrucción de la URSS (cuyos efectos ideológicos no dejaron de manifestarse en Cuba de diversas formas) coincidiendo con el recrudecimiento del bloqueo imperialista, evidenciaron la necesidad de someter a un profundo análisis el proceso de in­terrelación entre las tradiciones nacionales revo­lucionarias, en especial el pensamiento martiano, con el marxismo y el leninismo, como problema clave para comprender las razones por las cuales la Revolución Cubana había seguido su propio camino, en su propósito de fundar una república cuya ley primera, como pidió Martí, sigue sien­do “el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”.