Saturday, 08 de August de 2020 02:43
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José Martí: del antiesclavismo a la integración racial. Identidad universal del hombre

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Carlos Alberto Más Zabala
Fuente CUBARTE
La igualdad entre los seres humanos, no importa su origen, color de la piel, posición social, sexo, e incluso contribución a la causa libertadora, era una obsesión en el pensamiento martiano.
Marcados por los estandartes de la Revolución Francesa, entroncados con lo mejor del ideario cubano y latinoamericano, en el que destacan figuras de la estatura de Varela, Luz  y Caballero, Céspedes, Bolívar y Juárez, la igualdad y la fraternidad entre los hombres tendrían necesariamente que transitar al través de la senda libertaria a la que se había consagrado. Por ello es muy común en su obra, a propósito del objetivo primordial de la liberación de Cuba ―y con ella su contribución, reiteradamente señalada, a la libertad de América― que el Maestro nos dejara trascendentales presupuestos acerca de la igualdad de los hombres y de la armonía que habría de presidir la convivencia humana, aun cuando fueran diferentes los orígenes étnicos y sociales.
Hay en su obra demostraciones evidentes de que primaban en sus convicciones los ideales éticos y filosóficos por encima de las circunstanciales demandas y urgencias de carácter político, aunque con una muy fina articulación que le prevenía, por un lado, de idealizaciones que resumían lo mejor y más acabado del pensamiento humanista de la  época pero carentes de la vital contextualización y a su vez estímulo insuficiente para una vocación de transformación social, y por el otro, del apremio de una tarea libertadora inconclusa, cuyo reclamo organizativo requería ―en medio de complejos debates, de resquemores y de aprensiones, de prevalencias puntuales de fuerzas centrífugas nocivas― de un sostén teórico capaz de sortear no pocas voces y tendencias desarticuladas, intereses aparentemente incompatibles, frecuentes posiciones sectarias y calumnias infundadas hacia la Revolución y hacia su propia persona.
Al afirmar que es “en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre”, (1) el Apóstol la asume como fundamento de toda su prédica humanista, identidad que trasciende el valor académico para convertirse en esencia de su filosofía y elemento cohesionador de los cubanos dispersos ―en el exilio solitario o en la esperanzada y silente preparación en el interior de Cuba― necesitados de la idea que los uniera en apretado haz hacia la redención a que los convocaba la patria sufrida.
Se afinca en los hallazgos de la ciencia de su época ―aceptada  ya la teoría evolucionista de Charles Darwin― para refrendar su absoluta convicción de la igualdad de los hombres, aunque sin reducir al plano naturalista lo que para él adquiría, adicionalmente y de manera especial, ribetes emocionales, éticos y en el derecho.
En esta línea de pensamiento a propósito del Congreso Antropológico de 1888 señala: “los bushmanos, negros por el sol, aman con la misma pasión que los noruegos, blancos por la nieve”. (2)    

Con ello antepone la sensualidad humana, la superior capacidad de amar y de sufrir del hombre, por encima de notorias diferencias de carácter físico, las que relaciona de manera especial con las latitudes geográficas y las características climáticas. En todo caso distingue en el plano emocional, a partir de lo que denomina como proximidad o lejanía del estado natural, la presencia  en determinadas formaciones étnicas de rasgos primarios, despojados de las excesivas cotas que la “civilización” les ha impuesto, como cuando se refiere a la imaginación tempestuosa de los negros, a su inteligencia y creatividad, o a que “Si se toca a sus ojos, de seguro responden lágrimas”. (3)
Si en determinados momentos y circunstancias se detiene justamente en tales diferencias, lo hace con la predeterminada intención de resaltar en “la raza más desventurada de la tierra” cualidades y virtudes que a la supuesta más virtuosa le están en falta. Y no cae por ello en la trampa de la diferenciación racial puesto que se negaría a sí mismo; antes bien subraya valores en que vislumbra tendencias o cuya extensión en determinado grupo social le permiten interpretarlo como una generalidad.
En otra dirección acusa la comunión entre los componentes de la naturaleza y determinados rasgos de la raza negra, cual se le muestran en todo su esplendor ante un desastre natural:
“Pero tiene, más que otra raza alguna, tan intima comunión con la naturaleza, que parece más apto que los demás hombres a estremecerse y regocijarse con sus cambios… Hay en su espanto y alegría algo de sobrenatural y maravilloso que no existe en las demás razas primitivas…” (4)  
La utilización de asertos afincados en las ciencias naturales para fundamentar su convicción acerca de la igualdad de los hombres se constituye en punto de partida e instrumento literario para demostrar cuanto de injusticia hay en el orden de valores reinante y cuan artificiales resultan las argumentaciones y teorizaciones que lo justifican.
Resume lo mejor y más acabado del pensamiento de su época, del desarrollo de las ideas políticas y filosóficas, del ideario ético y de la jurisprudencia para fundamentar sus conclusiones y para argumentar sus prevenciones acerca del desigual orden que se ha dado a sí mismo el hombre, a contrapelo de su propio desarrollo intelectual.
A propósito de las luchas patrióticas cubanas y ante determinados recelos que hacían no poco daño a la necesaria unidad de los cubanos en su batalla contra la metrópoli colonial, las más de las veces teniendo como origen la diferenciación racial, en su magnifica “Lectura de Steck Hall”, Martí iguala a negros y blancos en el sufrimiento:
“Ellos saben que hemos sufrido tanto como ellos y más que ellos; que el hombre ilustrado padece en la servidumbre política más que el hombre ignorante en la servidumbre de la hacienda; que el dolor es vivo a medida de las facultades del que ha de soportarlo… ” (5)
Ya antes habíamos distinguido que para Martí la esclavitud, que ahora describe como “la servidumbre de la hacienda”, quedaba incluida en la esclavitud mayor que el orden colonial representaba para la patria en su conjunto, “la servidumbre política”, y que le resultaba redundante, si no ausente de una exacta jerarquización, referirse a la primera sin ver que su solución definitiva habría de producirse como parte de la segunda.
Ahora establece una distinción, que atribuye a las virtudes de la ilustración, entre el sufrimiento de unos y otros, con la evidente intención de que no se pueda juzgar tal aserto como un elemento de diferenciación adicional, que es justamente lo contrario de cuanto pretende argumentar.
A su vez remarca en la magnitud del dolor los componentes de la espiritualidad por encima de los meramente físicos, con un sentido profundamente solidario, puesto que trata de llevar a aquellos que en mayor medida han sufrido la esclavitud, el consuelo también adolorido de los que no la sufren en carne propia, pero han compartido su pesar y se han incorporado a la lucha emancipadora a sabiendas de que dicha causa incluye la de todos los cubanos y sus legítimas aspiraciones.
“Negar lo espiritual, que duele y luce, que guía y consuela, que sana o mata, es como negar que el sol da luz, o que conmueve a un padre la gloria de un hijo; así es negar que, en el desierto tostado como en la cátedra escocesa son iguales las virtudes y maldades del hombre”. (6)
Al igualar a los hombres por lo que sufren antes que por lo que disfrutan, Martí nos está brindando una importante lección. Especial significación tendría que precisamente en la época del surgimiento del imperio norteamericano, en que la ecuación integrada por la mercancía, la creación ―aunque artificial―  de necesidades y el consumo consiguiente habría de erigirse en el pilar de la diferenciación social y el abismo entre las clases.
No se podrá encontrar en la obra martiana alusión diferenciadora entre las razas que no sea para fustigar las injusticias, exaltar las virtudes y comprometer a unos y otros en la real identidad de los hombres. Prefiere fundamentar su taxomanía humana en la virtud y la maldad y ubicar la demarcación en la posesión o la carencia de rasgos morales infinitamente más significativos que aquellos dependientes del color de la piel:
“De un lado estarán los buenos, blancos y negros; y de otro los malos, negros y blancos. A los hombres los reúne el vicio, o la virtud. Hay blancos y negros tan juntos por la virtud que no será posible separarlos, sin separarlos antes de sus propias entrañas”. (7)     
Decididamente para el Maestro las fronteras humanas, los límites y las diferencias se ubican en el terreno de los valores y de los sentimientos antes que en determinado atributo de carácter físico, al punto que le asigna a las ligaduras que se establecen sobre la base del vicio o de la virtud mayor fuerza y valor que a ninguna otra. Sobre ello nos insiste:
“Los negros, como los blancos, se dividen por sus caracteres, tímidos o valerosos, abnegados o egoístas, en los partidos diversos en que se agrupan los hombres… La afinidad de los caracteres es más poderosa entre los hombres que la afinidad del color”. (8)

Junto a los rasgos morales y del carácter ubica el Apóstol aquellos relacionados con la posición social, puesto que ve en ellos elementos más significativos que los originados en la cuna. En su ideario primarán los atributos, rasgos unitarios y la comunidad sobre la base de los intereses, antes que sobre el fundamento del origen.
Aunque no desconoce los elementos propiamente étnicos, Martí observa que ante determinadas circunstancias ―cual  la lucha independentista y el ideal de la nueva patria― las diferencias raciales ocupan un lugar subordinado a las de la posición social.
Quien decidiera desde muy temprano echar su suerte con los pobres de la tierra, le asigna a la ambición o al desprendimiento un valor muy por encima de otros atributos  que la sociedad entonces valoraba como signos de distinción y preponderancia, con lo cual traza una línea divisoria de lo que para él sí constituía el esencial elemento diferenciador entre los hombres:
“Los hombres de pompa e interés se irán de un lado, blancos o negros; y los hombres generosos y desinteresados, se irán de otro. Los hombres verdaderos, negros o blancos, se tratarán con lealtad y ternura, por el gusto del mérito, y el orgullo de todo lo que honre la tierra en que nacimos, negro o blanco”. (9)
El interés y el desinterés, como la pompa y la generosidad, le permiten caracterizar estratos sociales bien distantes. Y acto seguido, para que no quede duda de por quienes toma partido, se refiere a los hombres verdaderos y al predominio del mérito en la consideración social, cualquiera que sea la raza que los arrope.
Igualdad y fraternidad se dan la mano en la prédica martiana. Para quienes sustentan que el odio entre las razas engendrará excesos y desmanes, para quienes no ven la virtud tras el sufrimiento ajeno espetó “Sólo los que odian al negro ven en el negro odio…”, (10) con lo cual ubica exactamente el problema en quienes lo ven en los otros. Y asegura que “el respeto social (…) sola y seguramente ha de venirles de la igualdad probada en la [virtud y la cultura] los [sentimientos] virtudes y talentos” (11) a los que vaticinan el desastre social con el triunfo revolucionario, a los que sobrevaloran la entropía antes que el orden.
Hay en su ideario diferentes formas de abordar y enjuiciar el problema. Se refiere a la igualdad de los hombres, fustiga los rezagos y lastres de discriminación y recelos raciales, sustenta el respeto social como condición necesaria y llega incluso a señalar que “La paz pide los derechos comunes de la naturaleza” puesto que “los derechos diferenciales, contrarios a la naturaleza, son enemigos de la paz”, (12) con lo cual no sólo traza su bosquejo social sino que alerta acerca de los peligros que acarrearía no seguir imprescindibles preceptos de armonía y convivencia en una sociedad multirracial.
En su defensa de la igualdad entre los hombres Martí esgrime muy diversos argumentos. Como cuando señala: “harto lucen ya, en estos hijos de padres desgraciados por la esclavitud, el carácter e inteligencia del hombre libre. ¡Se les debe, por supuesto que se les debe, reparación por la ofensa!... ”. (13)

Junto a su reiterado planteamiento del adeudo de los otrora esclavistas, el Apóstol destaca el carácter y la inteligencia que muy pronto lucen los hijos de los esclavos, así como el profundo daño que el trato desigual, la discriminación y la segregación les acarrearían. Porque:
“Si se dice que en el negro no hay culpa aborigen, ni virus que lo inhabilite para desenvolver toda su alma de hombre, se dice la verdad, y ha de decirse y demostrarse, porque la injusticia de este mundo es mucha y la ignorancia de los mismos que pasa por sabiduría, y aún hay quien crea de buena fe al negro incapaz de la inteligencia y corazón del blanco…”. (14)
Transita pues el Maestro hacia su consideración de que la igualdad de los hombres debe expresarse no sólo como un reclamo de la raza hasta entonces conjurada y preterida, sino como un elemental deber de quienes fueron los viles sostenedores de la esclavitud. Pasa por sus argumentaciones acerca de la igualdad de los hombres de distintas razas en el carácter y la inteligencia y en su fundamento de que la desigualdad tendría que erigirse justamente en la diferenciación de valores morales y atributos, ajenos al color de la piel y a las características étnicas.
A partir de dicha plataforma, en la que dedicó espacio oportunamente a la igualdad en los sentimientos y sufrimientos. Martí argumenta acerca de la igualdad en el derecho entre negros y blancos: “Todo lo que divide a los hombres, todo lo que los especifica, aparta o acorrala, es un pecado contra la humanidad”. (15)
El triunfo del ideal abolicionista en los Estados Unidos, cuyo estandarte “la única raza desterrada de la civilización surgía a la vida del derecho…” (16) lo había encontrado ente sus defensores más fervientes. Si ello era así en el poderoso vecino del norte, con más razón tendría que serlo en Cuba, crisol caribeño en el que habían confluido la sangre europea, la sangre aborigen y la sangre africana para dar origen a una nueva nacionalidad, cuyo alumbramiento provenía de “la suprema lección de los diez años creadores, cuando morimos tantas veces juntos, unos en brazos de otros y con los disparos gemelos de nuestros fusiles oreamos el aire tenebroso para que sea palacio pacifico de la libertad”. (17)    
Veía el futuro de la patria erigido sobre los hombros de los cubanos caídos en pie de igualdad, sobre los campos de Cuba. Más que un vaticinio sostenía una certeza. Para el Apóstol la hermandad en la lucha y en el sacrificio constituían lazos de más fuerza y valor que los propiamente sanguíneos:
“Habrá duelos de ojos y lenguas atrevidas, y demagogos que se pongan a la cabeza de la preocupación negra o la blanca, y grados de aseo y de cultura, que son los mismos que ya hoy tienen los blancos entre sí, y los negros como ellos; pero si una mano criminal, blanca o negra, se alzase, so pretexto de colores, contra el corazón del país, mil manos a la vez, negras y blancas, se la sujetarían a la cintura, y se la clavarían al costado”. (18)
Efectivamente, para el Maestro, era tan fuerte la causa que los unía, a blancos y negros, tan entrañables los nexos que se habían gestado en las batallas anteriores y tan promisorio el futuro, en contraste con la muy triste realidad colonial a que aún estaba sometida nuestra patria, que no dejaba el más mínimo resquicio a la duda acerca de la respuesta multirracial a quien pretendiera dividirlos o siquiera injertar en el seno de la comunidad cubana resquemores y aprensiones tanto más malvados cuanto injustificados.
Une a su concepto de igualdad en la sociedad futura “la esperanza de ver al fin fundada la patria con la equidad prudente que asegure en ella desde la raíz, la libertad…”, (19) con lo cual el Maestro enarbola que junto a los derechos políticos, y dándose la mano, han de avanzar los derechos económicos y los sociales.
Subraya su principio de equidad sobre la base de que a ella habrían de contribuir con mayor medida los que antes habían sustentado la desigualdad esclavista. Parte de la experiencia vivida en los Estados Unidos donde el acceso a las libertades políticas no había representado un cambio sustancial para los graves problemas sociales y económicos de los negros.
Y destaca adicionalmente que quienes han de recorrer un trecho más largo, puesto que parten de una mayor distancia histórica para lograr la igualdad soñada, deben recibir el justo reconocimiento de los demás:
“Suele la imprevisión humana tener a mal que el hombre bueno propague la justicia, y salude el talento y la virtud, sin subir o bajar más el sombrero porque el padre del hombre virtuoso haya nacido en África o en Europa: ¡pues si nació en África esclavo, y de su esclavitud sacó al hijo que se hombrea con el hijo de los libres, mayor es la dificultad vencida, y más bajo debe ir el sombrero!”. (20)  
No le resultaba fácil que tales ideas se abrieran paso. Siglos de desigualdad colonial, una herencia discriminatoria peninsular y los influjos provenientes de los Estados Unidos se constituían en valladares que estaban obligados a franquear. Sabía que contaba a su favor con miles de cubanos y en el “Manifiesto de Montecristi” expresa:
“Cubanos hay ya en Cuba [olvidados] de uno y otro color, olvidados para siempre ―con la guerra [de la libertad] emancipadora y el trabajo [en que] donde unidos se gradúan― del odio en que los pudo dividir la esclavitud. La novedad y aspereza [y tropiezo] de las relaciones sociales, consiguientes a la mudanza súbita del hombre ajeno en propio, son menores que la sincera estimación del cubano blanco por el alma igual, la afanosa cultura, [el evangélico amor de libertad] el fervor de hombre libre, y el amable carácter de su compatriota negro”. (21)  
Y para argumentar a los que veían sus vaticinios como idealizaciones, a quienes no creían capaces a los hombres de vivir en total armonía e igualdad, se refiere al recibimiento que en el Liceo de Guanabacoa le hicieran a Juan Gualberto Gómez:
 “Grande ha sido nuestro júbilo al saber que (…) acaban de llevar al hermano mulato, al noble Juan Gualberto Gómez, a la casa ilustre donde han tenido asiento los hijos más sagaces y útiles de Cuba.
“(…) Pero nuestro júbilo no es tanto por la justicia que se tributa a un cubano distinguido, como por la preocupación que se derriba con motivo de su noble persona por el acomodo de las relaciones sociales de las razas de Cuba a la justicia natural, que estallaría si no se le abriese campo oportuno; y porque este reconocimiento cordial del mérito del cubano negro, es anuncio feliz de que los hombres equivocados de Cuba, al sentir muy pesada ya la opresión sobre sus cabezas, entienden y aman mejor a los cubanos más oprimidos, y con cuya ayuda han de levantar la patria”.  (22)  
O cuando se refiere a los esfuerzos del exilio para llevar la enseñanza a todos los niños:
“…de concordia y libertad ya el cubano necesita pocas lecciones –esas cabezas generosas se levantan atentas, el corazón criollo vuelve a dar luz, y se abren otra vez las manos obreras para que los niños no se queden sin maestros: todos los niños, los de padres de África, y los de color español”. (23)    
Para el Apóstol las luchas unitarias del pueblo cubano habían gestado tal amistad, tal hermandad, que no habría espacio para la desigualdad futura: “Es la gloria de nuestra guerra. El esclavo salió amigo, salió hermano, de su amo; no se olvidan los que se han visto cara a cara ante la muerte: (…) (24)   “…un país en que, a pesar de estar muy trabajado de odios, entren desde su fundación a gozar de verdaderos derechos, y en verdaderas condiciones de larga y quieta vida, todos sus diversos elementos”. (25)  
De modo que se puede afirmar que para Martí el futuro racial del país constituía un elemento importante en el contexto de su obsesión revolucionaria. Y no podía ser de otra forma, puesto que en ello le iba la vida al futuro de unidad e integración nacional de todos los grupos y sectores constitutivos de la población cubana, en los que preveía el triunfo de la armonía y de la paz, sobre la base del respeto entre unos y otros, la igualdad de derechos y la equidad.
En la Guerra de los Diez Años encontró ―como después reafirmaría en el exilio― innumerables ejemplos que le permitían afirmar el surgimiento de una hermandad entre los cubanos, tanto o más sólida que la derivada de la consanguinidad, germinada al calor de los sacrificios y del holocausto compartido. En negros y blancos supo descubrir los signos que le conducirían a predecir el futuro de la patria por la que luchaban “para el bien de todos” y en la que la ley primera fuera el culto de los cubanos “a la dignidad plena del hombre”.

Notas
(1)    Martí, José: Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales; La Habana, 1991, t 6, p. 22.
(2)    Ob. cit., t. 11, p. 480.
(3)    Ob. cit., t. 10, p. 86.
(4)    Ob. cit., t. 11, p. 73.
(5)    Ob. cit., t. 4, p. 204.
(6)    Ob. cit., t. 11, p.  277.
(7)    Ob. cit., t. 4, p. 436.
(8)    Ob. cit., t. 2, p. 299.
(9)    Ob. cit., t. 2, p. 299.
(10)    Ob. cit., t. 4, p. 97.
(11)    Ob. cit., t. 4, p. 96.
(12)    Ob. cit., t. 2, p. 299.
(13)    Ob. cit., t. 11, p. 237.
(14)    Ob. cit., t. 2, p. 298.
(15)    Ibídem.
(16)    Ob. cit., t. 10, p. 98.
(17)    Ob. cit., t. 3, p. 103.
(18)    Ibídem.
(19)    Ob. cit., t. 2, p. 173.
(20)    Ob. cit., t. 4, p. 417.
(21)    Ob. cit., t. 4, pp. 96-97.
(22)    Ob. cit., t. 4, p. 418.
(23)    Ob. cit., t. 5, p. 450.
(24)    Ob. cit., t. 2, p. 251.
(25)    Ob. cit., t. 1, p. 173.
(26)    Ob. cit., t.