Monday, 08 de March de 2021 10:15
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Festividades de San Cristóbal de La Habana

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Virtudes Feliu Herrera
Fuente CUBARTE

La villa San Cristóbal de La Habana poseyó, desde sus inicios, singulares encantos por sus características geográficas, étnicas, económicas y sociales, que la dotaron de costumbres propias de un Nuevo Mundo americano y criollo por excelencia. Como enclave principal de las flotas, La Habana y su puerto eran el punto de concentración de marinos, viajeros y comerciantes de disímiles latitudes, lo que posibilitó un intercambio cultural múltiple en el modo de vida y conformación de la identidad de la ciudad.

Desde el siglo XVI aparecen noticias de las distintas celebraciones que se realizaban por acontecimientos oficiales y religiosos.  Las Fiestas Reales o Cortesanas celebraban los advenimientos de los nuevos monarcas, los nacimientos y matrimonios de estas personalidades, el recibimiento de una nueva autoridad local y otras motivaciones como la efectuada en 1853 por el aniversario  del atentado de que fue víctima la Reina. A estos eventos se agregaban las festividades de la Iglesia Católica, las cuales obedecían  al santoral vigente de esa denominación religiosa.

Las Fiestas Patronales o Fiestas Mayores, como también se les conoce, se instituyeron en cada villa fundada con el nombre de un patrón o patrona, a fin de que protegiera a la nueva comunidad de enfermedades, desastres naturales o ataques bélicos. El día de esa deidad era celebrada por autoridades civiles y religiosas con la asistencia de todo el pueblo, como el más significativo acontecimiento anual del lugar. Por ende, se preparaban autos sacramentales, danzas, invenciones, desfiles de gigantes y enanos que acompañaban a la procesión de la imagen por las principales calles. En horas de la tarde el programa laico incluía diferentes juegos y competencias, con bailes y otros entretenimientos como las corridas de toros. Estos divertimentos eran los preferidos de los pobladores, carentes en aquella época de muchos esparcimientos.

También durante la celebración de las Solemnidades de Precepto se desarrollaban dos programas, entre ellas se destacaba la Semana Santa, las fiestas navideñas (24 y 25 de diciembre, así como el 1ro de enero), el Día de Reyes o Epifanía, los Altares de Cruz, los Velorios y el Cuerpo de Cristo. Para los festejos de fines y principio de año se adoptó un menú característico que convirtió a algunos de sus platos en verdaderas tradiciones culinarias de nuestro pueblo. El puerco  o lechón asado, el congrí, el pavo relleno, las viandas con mojo criollo, por solo mencionar algunos, constituyen junto al Ajiaco y el Casabe, símbolos de la cubanía más autóctona, sin negar los orígenes o influencias de diferentes nacionalidades que puedan ostentar.

En este marco se disfrutaba, asimismo, de ofertas gastronómicas de origen hispánico y las que comenzaban a gestarse en el proceso de transculturación de nuestro pueblo. Resultaron muy populares las tortillas de San Rafael, el agualoja, los buñuelos, los ponches y diversos fiambres (frituras, empanadillas, butifarras, longanizas, galletas de agua y panetelas) que negras libres vendían en las plazas durante la ocasión.

Las fiestas por Nochebuena dieron origen a una celebración diferente en Bejucal (poblado cercano a la capital), al organizarse la comunidad en dos barrios que compiten entre sí en cuanto a músicas, cantos y carrozas, fundamentalmente. En estas Charangas cada grupo porta un símbolo que lo identifica y ninguno se considera perdedor al final de la fiesta.

Sus carrozas se basan casi siempre en temas foráneos y resultan monumentales por su tamaño, con un acabado en su confección digno de los mejores artesanos populares.

Lo más sobresaliente de esta fiesta es la masiva participación popular en la preparación y disfrute de ella. A lo largo del año se gestiona todo lo necesario, con no pocos sacrificios por parte de los moradores del lugar.

La Epifanía o Día de Reyes (6 de enero), fue una tradición practicada en los ámbitos privados y públicos, al celebrarse en iglesias, ambientes familiares y espacios abiertos.

En Cuba, durante el siglo XIX, se generalizó la costumbre de concederle licencia al  esclavo para festejar en dias de significación como el 6 de enero y otros. Como en el resto de América, salían grupos de disímiles étnias africanas pertenecientes  a algunos cabildos,  tocando  instrumentos de sus tierras de origen y ataviados con llamativas indumentarias. El objetivo era celebrar y, al mismo tiempo, recaudar fondos a través de un largo recorrido por calles y plazas, hasta culminar en la sede del gobierno colonial, el Palacio de los Capitanes Generales en La Habana Vieja. En el patio del inmueble extremaban sus evoluciones y cantos para merecer el aguinaldo de las altas autoridades.

En la capital surgieron las Carnestolendas, tradición hispánica que se remonta al año 1585.  Esta fiesta comenzaba en torno a los tres días anteriores a la Cuaresma. En cafés, teatros, avenidas y sociedades se desarrollaban bailes de disfraces, desfiles de volantas y quitrines adornados con flores y serpentinas. A estos  grupos  se unieron paulatinamente grupos de comparseros de barrio, según relata el viajero italiano Gemelli Careri, quien nos visitó en 1697. El cuenta: “El domingo 9 de febrero los negros y mulatos con pintorescos atuendos, formaron una congregación para divertirse en el Carnaval” (1).

La fusión de ambos elementos pertenecientes a estamentos sociales muy distintos, dio lugar a una celebración criolla que desde entonces se denominó Carnaval. Organizada por autoridades locales a partir de 1902, el Carnaval se convirtió en la fiesta más popular y tradicional de los habaneros. Las comparsas, como uno de los elementos fundamentales, ostentan temas costumbristas y por excepción foráneas, con música, cantos, conjuntos instrumentales y vestuarios uniformes propios. Cada una tiene una denominación acorde a su motivación, de ahí que “La Jardinera”, “Los Componedores de bateas”, “Las Bolleras”, “El Alacrán”, “Los Marqueses de Atarés” y “La Sultana”, sean los conjuntos más autóctonos y queridos por la población como representantes de su cultura popular tradicional.  

Se complementa la celebración con la actuación de colectivos contemporáneos que le dan un viso espectacular a los desfiles, sus comparsas evolucionan en bloques, lo que permite ampliar considerablemente el número de bailadores y, al mismo tiempo, enriquecer la coreografía. En este aspecto cabe destacar la labor realizada por la comparsa de la Federación de estudiantes universitarios y “Los Guaracheros de Regla”, pioneros de este estilo, los que mezclan agradablemente el movimiento coreográfico con los ejercicios aeróbios. La agrupación que representa a “La Giraldilla”, también se desenvuelven con mayor cantidad de comparseros, pero regidos por un tema central que varía cada año en cuanto a música, cantos y vestuarios. En el caso de estas comparsas siempre se acompañan por un conjunto musical que se desenvuelve en una carroza con algunas bailarinas y modelos, a diferencia de las comparsas tradicionales que evolucionan con un piquete musical que marcha a pie al final del colectivo, en el cual priman los instrumentos de viento-metal y la percusión cubana con distintas variantes en la organología.

Nuestro rico legado festivo es el resultado de la presencia de aportes hispánicos, africanos, chinos, haitianos, jamaicanos, franceses, yucatecos, árabes y de otras nacionalidades que han transculturado en el tiempo y propiciaron el surgimiento de formas de festejar propias del cubano, así como  géneros musicales y danzarios conocidos  y practicados internacionalmente, como el cadencioso son, la guaracha, la rumba y muchos más.

La Habanera como expresión  vocal de sabor hispano traspasó las fronteras y volvió a España enriquecida, donde es muy cultivada. Famosos compositores han utilizado este ritmo de 2 por 4 en sus obras, como Bizet con la conocida Carmen, Ravel con su Pieza en forma de Habanera y el  francés Saint-Saënz con su Havanaise, escrita para piano y violín. Sin embargo, la más famosa es la concebida por el cubano Eduardo Sánchez de Fuentes, la cual  ha dado la vuelta al mundo desde el siglo pasado: se trata de Habanera tu, para voz y piano, caracterizada por una rica melodía y letra  romántica sin caer en excesos.

La influencia china en nuestra cultura se manifiesta a pesar de las características de los lugares donde ellos acostumbraban a desarrollar sus actividades, al ser locales cerrados como sociedades y casinos el resto de la población  no tenía oportunidad de sumarse a sus festejos que ostentaban todos los elementos típicos, a saber: instrumentos, vestuarios, artes marciales, músicas, comidas, bailes y bebidas. A partir de la década del 20 del siglo pasado comenzaron a incursionar en el Carnaval varias comparsas de ambiente asiático y la Danza del león, conjunto de manifestaciones de su país de origen, que cuenta una historia a través del baile, la pantomima, habilidades de artes marciales y música, la cual tiene como mayor atractivo la danza de este animal, rememorando esa tradición ancestral.

La trata esclavista introdujo en Cuba negros esclavos procedentes de varias zonas africanas, esta tuvo su mayor auge entre 1512 y 1790, debido, fundamentalmente, al incremento de la industria azucarera. Los domingos y días de fiesta les era permitido tocar, cantar y bailar acompañados de sus tambores. Por la novelista sueca Fredrika Bremer conocemos cómo se practicaba  este momento de asueto entre los esclavos. Ella describe en su libro, publicado luego de su estancia en Cuba, que “El baile tenía un corro de cantores, que repiten  de una manera monótona e inarmónica, pero con ritmo, las palabras  y la tonada que un joven negro da, y en medio del corro, una o dos parejas que bailan, saltan y piruetean: el hombre animadamente, ella con melindres. El baile es una continúa improvisación monótona...” y  agrega: “…la facilidad que tienen los africanos para la improvisación es un rasgo característico en su vida y en su temperamento, y puede ser, como sabemos, la expresión de un alto grado de belleza simple en el espíritu y la acción”  (2).

Despojado de sus formas originarias de vida, el negro tuvo que integrarse a las nuevas relaciones sociales, por lo que conformó elementos culturales acordes a su nueva realidad. Afortunadamente logró conservar algunos segmentos tribales que tenían una función inmediata en la sociedad. En este proceso de síntesis la religión sufrió un sincretismo al adaptar sus creencias a la nueva situación que vivían. De este modo traspasaron los símbolos y características de sus deidades a las propias de los cristianos, asimilando también sus denominaciones. Surgen así los orishas con una fuerte mitología que los relaciona a todos, especialmente basadas en cantos que los identifica, toques de distintos juegos de tambores, vestuarios, colores, comidas, bebidas rituales, elementos de adorno como collares, manillas y tocados de cabeza. De acuerdo a la etnia son las Reglas o variantes religiosas, a saber: Regla Osha o Santería (de origen yoruba), Regla Conga o Palo monte (de origen bantú), Regla Arará (de origen dahomeyano) y la Sociedad secreta Abakuá (de origen carabalí.) Estos festejos son conocidos genéricamente por el nombre de Fiestas de Culto Sincrético y, según el caso, se les denomina Bembé, Wemilere, Toque de Santo, Toque de Palo, Guiro, Toque de Tambor y Plante. El Toque de Violín (o simplemente Violín) por utilizarse este instrumento musical, es una modalidad devenida del Espiritismo practicada en los Cultos Sincréticos, que a pesar de su actual auge, no debe, a nuestro entender, calificarse aún de tradicional.

La Regla Osha o Santería ha tenido en los últimos 20 años una difusión y popularidad que  prácticamente la ha internacionalizado. Toma su nombre del culto a los orishas, santo o deidad que tiene potestad propia y solamente deriva su poder de Olofín o Dios supremo. Estos santos del panteón yoruba son espíritus de la naturaleza y basados en ese principio se identifica a Changó con el trueno y el rayo, Oyá existe en el aire y las centellas, Oshún reside en el agua dulce, Yemayá en el mar, Obatalá en la paz y la creación del mundo, y así sucesivamente. Son muy populares las fiestas dedicadas a Changó (Santa Bárbara) el 4 de diciembre, a Oshún  Nuestra señora de la Caridad del Cobre) el día 12 de septiembre, a Babalú Ayé  (San Lázaro) el 17 de diciembre, a Obatalá (Nuestra Señora de las Mercedes) el 24 de septiembre, y a Yemayá (Nuestra Señora de Regla) el 7 de septiembre.

Las motivaciones que dan lugar a estos festejos rituales varían, pueden producirse por la iniciación de un creyente, por conmemorarse la fecha del santo, o por el cumpleaños del babalocha o santero. También por acción de gracias ante un deseo cumplido, o porque el santo haya solicitado su homenaje a través del registro o acto de adivinación.

Estos rituales han tenido cíclicas transformaciones debido al constante sincretismo con el ritual católico, entre ellos mismos y las prácticas espiritistas. A veces notamos cómo se entremezclan con la Santería el ritual Congo, y los toques de Palo se combinan con los de Bembé y de Batá en cantos y bailes, lo que da lugar a nuevas formas.

Cada orisha posee varios toques y cantos que se corresponden con los bailes. Los Batá son tres tambores únicos en América, los cuales tienen un carácter sagrado. La música que producen sus seis parches es de una polirrítmia difícil, por lo que su ejecución exige un entrenamiento profesional. Los cantos, de forma antifonal, emplean palabras  yorubas o, en su defecto, se sustituyen por otras en español, de sonoridad análoga ante la pérdida de la lengua ritual original. Antes de utilizarse en los ritos, estos instrumentos deben ser “bautizados” con una ceremonia. El Wemilere y el Bembé poseen un carácter más abierto, menos litúrgico. El segundo toma su nombre de los tambores que se percuten en la ceremonia. Estos son más simples que los Batá, no están consagrados, y en ocasiones son sustituidos por tumbadoras acompañadas de güiros, abwes o chekerés, a las cuales se añade el sonido de una guataca o maraca metálica, el Acheré.

Sin duda, el toque de Batá y el canto que entona el apwon (cantante solista), a quien deben responder los creyentes, son los factores fundamentales de estas fiestas, en los que se realizan ceremonias religiosas marcadas constantemente de músicas y bailes.

Los Toques de Batá se caracterizan, generalmente por, el sacrificio de animales como ofrendas a los orishas. Uno de los momentos culminantes del festejo es cuando uno de los creyentes es “poseído” o “montado” por la deidad que es homenajeada, y toma entonces la forma y baile. Cuando esto ocurre  es conducido aparte, donde es vestido con las ropas, prendas y atributos propios del santo. A continuación regresa ante los tambores para ejecutar el baile propio que corresponde y se convierte en el interlocutor entre la divinidad y los asistentes. Por medio de su “caballo”, el orisha dicta consejos y enseñanzas, también adivina el futuro y advierte al que no obra correctamente de acuerdo a sus principios.                       
   

Notas
(1) Pérez de la Riva, Juan: La isla de Cuba en el siglo XIX vista por los extranjeros. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 1981, p. 260.
(2) Bremer, Fredrika. Cartas desde Cuba. Editorial  Arte y Literatura, La Habana, 1980, pp. 188-189.