Saturday, 08 de August de 2020 02:24
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Los Henríquez Ureña y Cuba

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Por Oscar Ferrer Carbonell
Fuente CUBARTE

De la cercana y fraterna tierra quisqueyana llegaron a Cuba luchadores por la libertad como el cacique Hatuey, el generalísimo Máximo Gómez y los hermanos Luis, Francisco y Félix Marcano Álvarez, en ese mismo orden mayor general, general de brigada y coronel del Ejército Libertador. Pero otros dominicanos sobresalientes estuvieron vinculados igualmente a nuestro país, como los hermanos Henríquez Ureña, de quienes no se puede hablar sin mencionar a los Henríquez y Carvajal.
Uno de estos, Federico Henríquez y Carvajal, abogado, político, pedagogo por más de medio siglo y escritor, fue amigo entrañable de José Martí y admirador de la causa independentista cubana, la cual defendió desde su revista Letras y Ciencias y en otras publicaciones.
El Apóstol y el dominicano se conocieron en septiembre de 1892, en la ciudad de Santo Domingo.  Años más tarde, desde Montecristi ―el 25 de marzo de 1895―, Martí le dirigió una carta, considerada como su testamento político, en la cual le transmite, entre otros, dos principios sustanciales: Donde esté mi deber mayor, adentro o afuera, allí estaré yo; Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar. Para mí la patria, no será nunca triunfo, sino agonía y deber.   
Más adelante, le dice también al aliado querido: Para mí,  ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas;  De Santo Domingo ¿por qué le he de hablar? ¿Es eso cosa distinta de Cuba? ¿Vd. no es cubano, y hay quien lo sea mejor que Vd? ¿Y Gómez, no es cubano? ¿Y yo, qué soy, y quién me fija suelo?.
Federico Henríquez y Carvajal fue, además, un destacado colaborador del boricua Eugenio María de Hostos en su obra educadora, presidió el Tribunal Supremo dominicano y, en 1916, no aceptó la presidencia de su país en protesta contra la intervención estadounidense. Fue miembro  honorario o correspondiente de varias sociedades, ateneos y academias europeas y latinoamericanas, profesor de Derecho Constitucional y de Derecho Público Externo en la Universidad de Santo Domingo, y director de la Escuela Normal Superior y de la Escuela de Bachilleres. Dejó escritos varios libros en su muy larga vida, que terminó el 4 de febrero de 1952, a los ciento cuatro años. Al respecto pueden citarse Nacionalismo, Ética y estética, Baní, La hija del hebreo, Rosas de la tarde, Del amor y del dolor, El Derecho Internacional y la guerra, Todo por Cuba y Romancero Dominicano.
Su hermano, Francisco Henríquez y Carvajal, casado con la poetisa y educadora Salomé Ureña, fue abogado, político y médico, y padre de Max, Pedro y Camila Henríquez Ureña, tres destacados intelectuales que también estuvieron vinculados a Cuba, en mayor o menor medida.
Desempeñó numerosos cargos públicos, como el de Secretario de la Presidencia de la República de 1880 a 1882. Durante el gobierno de Juan Isidro Jiménez (1899-1902) fue Ministro de Relaciones Exteriores y en 1916, en plena guerra civil, fue elegido presidente de la República, pero poco después tuvo que abandonar su país, debido a la intervención estadounidense, que se extendió desde aquel año hasta 1924. En el exterior abogó arduamente en defensa de la soberanía dominicana. Escribió varias obras sobre la ciencia médica y en Cuba la ejerció durante más de treinta años. Murió en 1935.
El mayor de sus hijos, Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), fue un destacado humanista, lingüista, pedagogo y pensador antiimperialista, vinculado a Cuba por la historia y la cultura, al igual que su padre, su tío y sus hermanos Max y Camila.
Durante sus sesenta y dos años de vida residió indistintamente en Cuba, España, los Estados Unidos, México y Argentina. Fue maestro de varias generaciones, escritor y periodista de buen número de diarios y revistas. Escribió y educó sin descanso, e hizo un significativo aporte a la cultura latinoamericana con libros que abarcaron la crítica, el arte, la historia, la filosofía y el ensayo, así como otros dedicados al idioma y la literatura. Su primera obra, Ensayos críticos, vio la luz en Cuba, en 1905. Fueron también de su autoría Seis ensayos en busca de nuestra expresión, Las corrientes literarias en la América hispana, Plenitud de España, Comienzos del español en América, La lengua y las letras en Santo Domingo, y la tragedia El nacimiento de Dionisos.
Criticó con sólidos argumentos las intervenciones norteamericanas en las pequeñas naciones latinoamericanas y tomó parte en la lucha por la retirada estadounidense de suelo dominicano. Viajó en 1924 a Argentina, donde lo designaron profesor de Literatura de la Universidad de La Plata, cátedra que ejerció durante 22 años. Aunque se radicó definitivamente en Sudamérica, mantuvo lazos inalterables con Cuba y realizó frecuentes envíos de artículos para publicaciones literarias que se editaban en La Habana. Fueron notables sus trabajos sobre la mexicanidad de Ruiz de Alarcón. Murió en Buenos Aires, el 12 de mayo de 1946.
Max Henríquez Ureña fue otro de los hijos de Francisco Henríquez y Carvajal y destacada personalidad de las letras. Si bien nació en Santo Domingo, el 16 de noviembre de 1885, puede decirse que tuvo a Cuba como su segunda patria, desde 1904, al igual que su hermana Camila.
Estudió Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana, y en nuestro país fue, durante las tres primeras décadas del siglo XX, diligente promotor de la cultura, sobresaliendo entre los fundadores de la Sociedad de Conferencias, la revista Cuba contemporánea, el Ateneo de Santiago de Cuba y la Escuela Libre de Derecho de esa ciudad, de la cual fue también profesor y director. Desde Santiago de Cuba, en mayo de 1927,  suscribió la Declaración del Grupo Minorista. Fue, igualmente, miembro de la Academia Nacional de Artes y Letras y profesor y conferencista en Brasil, los Estados Unidos y Cuba. A pesar de su vocación literaria y humanística, y de su servicio en el campo cultural, podría señalarse, como hecho contradictorio y negativo en su desempeño, que, después incluso de haber sido representante de República Dominicana en el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, fuera en su país Secretario de Relaciones Exteriores, de 1931 a 1933, en los primeros años de mandato de Rafael Leónidas Trujillo, desempeñando otros cargos diplomáticos para ese régimen, incluso el de delegado ante la Organización de Naciones Unidas, en 1950.
Desde su juventud se reveló como un temperamento artístico disciplinado, de diáfana exposición y elegante sencillez.  Se mantuvo equidistante de escuelas o movimientos literarios y le interesó especialmente la narración de sentido histórico. En materia literaria, su talento se manifestó por igual en verso que en prosa, con predominio de un perfecto equilibrio entre la imaginación lírica y el sentido crítico. Profundo conocedor de la lengua francesa, hizo numerosas traducciones al español y su reputación como intelectual fue reconocida en su tiempo por personalidades como José Ingenieros, José Enrique Rodó, Alfonso Reyes, Emilia Pardo Bazán y Enrique José Varona, entre otros.
Sus actividades poéticas, narrativas y de estudios históricos fueron sobresalientes, aunque sus labores fundamentales resultaron ser las de crítico e historiador de la literatura, como queda evidenciado en su obra Panorama histórico de la literatura cubana (1963), de frecuente consulta entre especialistas y estudiantes.  
Dejó dos libros de versos: Ánforas (1914) y Fosforescencias (1930), y otras muchas obras, entre ellas: Rodó y Rubén Darío (1919), Tablas cronológicas de la literatura cubana (1929), El retorno de los galeones (1930), Poetas cubanos de expresión francesa (1941), Panorama histórico de la literatura dominicana (1945), Breve historia del modernismo (1954), Cuentos insulares (1947), La independencia efímera (1938),  El arzobispo Valera (1944) y El ocaso del dogmatismo literario. Los últimos años de su vida los pasó en Santo Domingo, donde murió, el 23 de enero de 1968.
La pedagoga Camila Henríquez Ureña, nacida en Santo Domingo el 9 de abril de 1894, fue la hija menor de Francisco Henríquez y Carvajal, y hermana de Max y Pedro.  Solía admitir que se sentía completamente cubana y llegó a Santiago de Cuba en 1904, con solo diez años.
Estudió las primeras letras en esa ciudad oriental y en 1917 alcanzó el doctorado en Filosofía y Letras. Poco después hizo los estudios de Pedagogía y, más tarde, amplió su horizonte cultural en los Estados Unidos, donde tomó cursos de licenciatura comparada de lenguas romances. A su regreso a Cuba trajo, por tanto, otro título. En 1924 fue profesora de la Academia Herbart, de Santiago de Cuba, y también ejerció en la Escuela Normal de Maestros y en el Instituto de Matanzas.
En 1935 comenzó a participar en las diversas actividades culturales que se desarrollaban en el Lyceum de La Habana y, en el propio año, fue detenida por participar en el recibimiento a personalidades progresistas estadounidenses que llegaban a Cuba para participar en el Tercer Congreso Nacional de Mujeres, impulsado por el Partido Comunista y convocado por diversas organizaciones femeninas de la época.
Colaboró en la formación de la Unión Nacional de Mujeres, primera organización femenina cubana, y años después regresó a los Estados Unidos, donde permaneció a lo largo de diecisiete años. Durante doce meses fue Editora Consejera del Fondo de Cultura Económica de México y retornó definitivamente a Cuba en 1960. Diez años después recibió el título de Profesora Emérita de la Universidad de La Habana.
Murió tres años más tarde, el 12 de septiembre de 1973, cuando realizaba una visita a República Dominicana.