José Martí: un hombre de todos los tiempos

Historia

Por: María Caridad Pacheco González*

El 19 de mayo de 1895 se truncó un camino fecun­do. Principal organizador de la guerra necesaria, José Martí asumió que su responsabilidad era ha­cerla también en el campo de batalla. El Genera­lísimo Máximo Gómez siempre comprendió la importancia del liderazgo político del Apóstol e insistió en mantenerlo lejos de la primera línea de combate; pero el sentido ético del Maestro le impi­dió quedarse en un segundo plano. Como tantos otros jefes cubanos, del mambisado y de la Guerra de Liberación Nacional, José Martí sabía que los cu­banos seguirían al hombre que estuviera dispuesto a enfrentar todos los riesgos. Mayor general de las fuerzas mambisas, prefirió hacer honor a su grado.

¿Cuál hubiera sido la historia de Cuba si Martí no hubiera muerto en combate el 19 de mayo de 1895? ¿Cómo hubiera influido en los acontecimientos posteriores? ¿Habría podido evitar, por ejemplo, la intervención norteamericana en la guerra? ¿Cuál hubiera sido su rol después de la derrota de los españoles? ¿Qué república hubiéramos tenido de no haber participado en ese combate fatal? Solo quedan conjeturas, inútiles de hecho: la historia es la cró­nica vivida; lo que hubiera podido ser es pura qui­mera. Más que regodearnos en lo que hubiera po­dido acontecer si hubiera sobrevivido a la guerra, convendría valorar los aportes fundamentales de José Martí al proceso revolucionario cubano.

Sin pecar de absolutos (téngase en cuenta que una guerra emancipadora es un empeño común, una gesta de todo un pueblo), sin el concurso de José Martí difícilmente se hubieran podido au­nar tantos intereses en pos de la emancipación política y humana de la nación cubana. El hecho de que Martí lo sacrificara todo para consagrarse a la causa de liberar del yugo colonial a su pa­tria, lo ubica entre los hombres imprescindibles que siempre tienen los pueblos. La extraordina­ria trascendencia de su legado político y creativo le otorga el favor de la posteridad, aunque él no trabajó precisamente por ganarse un lugar en la historia. Lo hacía por absoluto sentido del deber y, en consecuencia, logró amalgamar a cubanas y cubanos en la consecución de un proyecto de República, “con todos y para el bien de todos”,1

José Martí escribió en uno de sus Apuntes: “No hay más que un medio de vivir después de muerto: haber sido un hombre de todos los tiem­pos—o un hombre de su tiempo”,2 y él es un hombre de todos los tiempos, pues su legado histórico y universal pervive hoy, en un contexto en el que su pensamiento deviene guía y promesa de que un mundo mejor es posible.

Ideólogo de una soñada república cor­dial, cuya ley primera fuera el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre; intelectual que concibió la justicia como piedra angular de su pensamiento y ac­ción revolucionaria, aspiró a un sistema democrático, basado en la igualdad legal y política, en el que “El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza o a otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos”.3

El Apóstol es el vocero de lo que denominó Nuestra América, esa que va del río Bravo a la Patagonia; el guardián siempre alerta, que ad­vierte sobre la existencia y las asechanzas del imperialismo. Por ello, al mismo tiempo, se yer­gue como paladín de la unidad latinoamericana y antimperialista y deviene artífice y precursor de la integración, pues su voz nos recuerda que los países de la región, como los árboles, “[…] se han de poner en fila, para que no pase el gi­gante de las siete leguas”.4

De igual modo, es referente de altruismo y ética revolucionaria. Al respecto, expresó: “El egoísmo era la nota de los tiempos antiguos. El humanitarismo (el altruismo, la abnega­ción, el sacrificio de sí por el bien de otros, el olvido de sí) es la nota de los tiempos moder­nos”.5 Su noción de que “Patria es humanidad”,6 constituye base para la solidaridad y fundamen­to esencial del internacionalismo que caracteriza al pueblo cubano.

Como creador e intelectual revolucionario con­cibió un lenguaje innovador y llamó a conocer la realidad de nuestro continente para, en consecuen­cia, aportar una expresión artística y literaria pro­pia. En Martí, la literatura se vincula de forma permanente a la práctica política y este es uno de los elementos que explican, la validez de su legado.

A la luz del siglo XXI, su pensamiento mantiene plena vigencia y es, sin dudas, uno de los pen­sadores de esta América nuestra que mejor com­prendió la identidad cultural de los pueblos de esta región y, en general, de aquellos que hoy lla­mamos del mundo subdesarrollado. La trascen­dencia y actualidad de los principios expuestos por José Martí y la forma en que estos pueden ser­vir de fuente de motivación y enseñanza ante los problemas y retos que tiene ante sí la humanidad, son pruebas evidentes de que su labor y prédica han rebasado no solo el tiempo en que le tocó de­sarrollar su existencia, sino también los objetivos de alcanzar la independencia de su patria.

Grandes son nuestros deberes con la herencia política, cultural, literaria y ética de José Martí, de quien Fidel, en el prólogo a la edición críti­ca de sus Obras completas, valoró: “[…] es y será guía eterno de nuestro pueblo. Su legado no ca­ducará jamás”.7

* Dra. en Ciencias Históricas y miembro del Secretariado de la Unhic.

1 José Martí: “Discurso en el Liceo Cubano”, Tampa, 26 de noviembre de 1891, en Obras completas, t. 4, Centro de Estudios Martianos (colección digital), La Habana, 2007, p. 279.

2 Ibidem, t. 21, p. 143.

3 Ibidem, t. 2, p. 298.

4 Ibidem, t. 6, p. 15.

5 Ibidem, t. 21, p. 162.

6 Ibidem, t. 5, p. 468.

7 Fidel Castro: “Unas palabras a modo de introducción”, en Obras completas. Edición crítica, Centro de Estudios Martia­nos, La Habana, 2010, p .7.