Revisitando la conspiración de Aponte*

Historia

Por: Luis Fidel Acosta Machado**

El historiador del siglo xix Juan Arnao escribió en 1877:

Como una reminiscencia que no debe pe­recer en la oscuridad del olvido, cumple a la historia consignar la muerte en horca del negro Aponte, por ser el primer Cubano que soñó la bella inspiración de rebelarse contra la dominación española de un modo practico. Pagó con su sangre su arrojada fantasía, dejando tan solo en la memoria del pueblo de su cuna, la remembranza de un adagio, que in­vertido en su moral esencial se repite todavía por punto de comparación bajo las frases si­guientes: “Es más malo que Aponte”.1

Tal frase todavía hoy puede escucharse, tan acendrada se encuentra en el imaginario popu­lar que se sigue repitiendo, a pesar de que mu­chos ignoran el verdadero sentido que encierra. Pero, ¿por qué era “malo” Aponte?, ¿por qué esa identificación de su persona con lo maligno y terrible? La respuesta es sencilla: porque las eli­tes blancas decimonónicas debían satanizar la memoria de aquel que había osado levantarse contra el orden establecido, contra la esclavitud y la tiranía española en Cuba.

La historiografía española de la decimonónica centuria así lo demuestra. Baste solamente citar a Justo Zaragoza quien escribió:

Al frente de los levantados y como principal iniciador figuró […] un negro libre llamado José Antonio Aponte, de capacidad no co­mún en los de su raza, y de tan perversas con­diciones de carácter, que dio origen al adagio ‘Más malo que Aponte’, con quien aún hoy se indica en Cuba a los malvados […].2

Afortunadamente, la historiografía republica­na, aunque no toda, comenzó el desmontaje de la “leyenda negra” tejida alrededor de Aponte. Autores como Elías Entralgo y Emilio Roig de­vienen magníficos ejemplos de ello. La vorágine revolucionaria de 1959, que también transformó las maneras y visiones del quehacer historiográ­fico, abrió un nuevo capítulo en la percepción y tratamiento de la figura del antiesclavista haba­nero y su insurrección. José Luciano Franco, y su obra La conspiración de Aponte, libro sintético pero que aún resulta la mejor y más completa biogra­fía del carpintero devenido líder abolicionista, fue el precursor de dicha línea investigativa.

Aponte fue un moreno libre, carpintero ebanis­ta, y cabo primero de las milicias habaneras, en el Batallón de Morenos, quien gozaba de especial prestigio entre los negros y mulatos libres de la ciudad por pertenecer al cabildo Shangó Tedum.

Inspirado fundamentalmente por la revolu­ción de Haití, organizó la primera conspiración de carácter verdaderamente nacional que tuvo lugar en la Cuba del siglo xix y que, además, a diferencia de las otras que se originaron por aquellos años, fue un movimiento de un excep­cional carácter popular, integrado fundamental­mente por negros y mulatos. Su programa bá­sico establecía la abolición de la esclavitud y el fin de la trata de esclavos; sin embargo, no po­cos historiadores lo califican como precursor del separatismo cubano, aunque aún existan voces contrarias. Su postura antiesclavista lo condujo al convencimiento de que la lucha por la aboli­ción de la ignominiosa institución estaba ligada de manera indiscutible a la lucha contra el colo­nialismo español en Cuba. De esta forma, llegó a idéntica conclusión que los independentistas de 1868: Cuba libre era incompatible con Cuba esclavista. La diferencia se encontraba solo en el orden de los factores.

Una rápida ojeada a la conspiración fraguada por Aponte ofrece pruebas de sus excelentes ap­titudes como conspirador. Los hilos de la conjura en La Habana comenzaban en el barrio extramu­ros de Guadalupe, donde se encontraba su resi­dencia, y se extendían, según Elías Entralgo, a los barrios de La Salud, Jesús María, la plazuela del Santo Cristo, la Punta, la Plaza de Armas, la Ala­meda de Paula y el muelle de la Luz; de ahí se in­ternaban en Guanabacoa, Casablanca, Guanabo, Jaruco y Río Blanco del Norte; también llegaron a San Antonio de los Baños, Alquízar y Güira de Melena. Sin embargo, el proyecto insurreccional no se circunscribía solamente a la urbe habanera y sus alrededores, sino que tenía ramificaciones en Puerto Príncipe, Holguín, Bayamo, Santiago de Cuba y Baracoa. Incluso hay autores que afir­man que las relaciones iban más allá de la Isla, hasta Estados Unidos.

Las dotes de liderazgo de Aponte las eviden­cia José Luciano Franco en el texto citado. El ha­banero, además de tender y dirigir los hilos de la conspiración, junto a otros complotados que aún se visibilizan poco en los libros de historia, como Clemente Chacón, Estanislao Aguilar y el francés Juan Barbier, redactó proclamas, e hizo propaganda a favor de la insurrección, con la que logró llegar, incluso, a las masas de color ha­baneras.

En otro momento, refiere Franco, cuando al­gunos dudaron del éxito del levantamiento an­tiesclavista, Aponte logró reanimarlos. Al res­pecto escribe el historiador: “Ternero preguntó si aquella era toda la gente con que contaba, y Aponte le contestó que era suficiente, pues en el Guárico los de su clase habían hecho la revolu­ción y conseguido lo que deseaban”.3 En la mis­ma reunión, Chacón repuso que serían destrui­dos con dos cañonazos de metralla, y Aponte le contestó “que no tuviera cuidado, pues en otras partes se había peleado con pólvora de barril, chuzos y otras armas, alcanzando victorias”.4 Tal postura, y semejantes palabras resonarían en Cuba durante las guerras de independencia, y las revoluciones del siglo xx.

El movimiento insurreccional estalló en ene­ro de 1812; sin embargo, una serie de elemen­tos que no mencionaremos aquí por cuestión de espacio, llevaron a la captura de los principales implicados, entre ellos, Aponte. El juicio en su contra se encuentra ampliamente documentado, lo cual permite al historiador reunir las piezas de la conspiración, sus objetivos, alcance, y el papel principalísimo de su líder. Incluso se describen en los legajos del proceso los objetos y elemen­tos encontrados en casa de los implicados, entre ellos Aponte, y se destaca un libro de gran ta­maño con numerosas láminas pintadas a mano por el habanero y el joven José Trinidad Núñez, el cual se ha perdido, pero del que se conoce su contenido por las propias declaraciones de Aponte. Este serviría de argumento a la novela de Ernesto Peña González: La Biblia perdida, ga­nadora del premio Alejo Carpentier en el 2010, novela histórica que recomiendo a todos aque­llos que deseen internarse en los hechos de 1812 a través de la literatura.

Aponte y los principales comprometidos en la conspiración fueron condenados y ahorcados en abril de 1812. Sus cabezas fueron cortadas y expuestas en diversos lugares de La Habana, o remitidas a Guanabo, donde se había produ­cido un alzamiento en el ingenio Peñas Altas, o Matanzas, donde también se produjeron le­vantamientos esclavos. La de Aponte fue exhi­bida en una jaula de hierro, como testimonio ejemplarizante, en la explanada situada fren­te al actual edificio de la Gran Logia de Cuba. El mensaje del colonialismo español era claro: todo aquel que osara levantarse contra el orden social y político establecido correría la misma horrenda suerte.

En el texto Historia de Cuba. 1492-1898. Forma­ción y liberación de la nación, sus autores señalaron, haciendo una comparación entre el proceder de las autoridades ibéricas para con los implicados en la descubierta conspiración independentista de Román de la Luz, y la de Aponte:

Contrasta la implacable acción descrita [el ajusticiamiento de Aponte y la exhibición de sus despojos] con la suavidad con que se actuó contra la conspiración de Román de la Luz. Ello se explica porque mientras la de Román de la Luz era anticolonial, sin un ata­que al orden social, la de Aponte era, ante todo, una conspiración que pretendía sub­vertir la estructura social.5

Así pues, ahí se encontraba la “maldad” de Aponte, por esa razón había que satanizarlo para la posteridad; sin embargo, sus verdugos lograron el objetivo opuesto, como generalmen­te ocurre cuando se trata de aplastar una causa justa y desaparecer o denigrar a quienes la de­fienden, las autoridades españoles convirtieron a Aponte en un emblema de la lucha contra la esclavitud, precursor del combate contra el coloniaje en Cuba, y héroe del largo proceso re­volucionario cubano. Su figura trascendió épo­cas y devino símbolo.

* Intervención en el acto por el aniversario 210 de la su­blevación de José Antonio Aponte Ulabarra y su muer­te a manos del colonialismo español en 1812, celebrado en la Sala Rubén Martínez Villena, de la Uneac.

** Profesor del Departamento de Historia de la Universi­dad de La Habana.

1 Juan Arnao: Páginas para la historia política de la isla de Cuba, Imprenta La Nueva, Amargura 57, Habana, 1900, p. 58.

2 Justo Zaragoza: Las insurrecciones en Cuba, Madrid, 1872. Cit. por José Luciano Franco: La conspiración de Aponte, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2006, p. 21.

3 José L. Franco: Ob. cit., p. 61.

4 Ibidem.

5 Eduardo Torres-Cuevas y Oscar Loyola Vega: Historia de Cuba. 1492-1898. Formación y liberación de la nación. Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 2001. p. 134. ­